La pesadilla no es Chávez

Por Raul Lotitto

 

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El susto que provoca en muchos Hugo Chávez ha complicado el panorama político porque las clases medias y altas se sienten inseguras. Quieren votar -han renegado de la abstención- pero ahora no saben por quién.

Tampoco hablan del voto-castigo, porque los grandes partidos se han autocastigado: por primera vez en la historia no tienen candidatos propios con posicionamiento ganador en las encuestas.

Esto, que eufemísticamente incrementa el número de independientes, en verdad asusta y desubica a una porción calificada del electorado que deambula huérfana. No por nada la intuitiva Irene Sáez dijo al lanzarse en el Poliedro, que su deseo es ser una "Mamá Estado". Metáfora desafortunada sólo si fuera cierto que Venezuela detesta la demagogia.

Al revés: el comportamiento clásico ha sido creer que vendrá "otro" para solucionar todos los problemas. Un fantasma depositario de esperanzas, que al ganar se transforma en Gobierno -héroe fugaz- y enseguida culpable automático de todas las desgracias y miserias del país.

Esta patología se ha repetido sistemáticamente por voluntad expresa de las partes, absolutamente cómplices: pueblo y Gobierno son partenaires de un juego perverso en el que Venezuela reincide, no para quedar igual -como el gatopardo-, sino para estar siempre peor. Por eso la palabra más usada en los lemas políticos es -paradójicamente- cambio (ver nota en la página 96).

Un cambio que en verdad no llega nunca porque otra palabra, participación, figura como sujeto tachado. No comprometerse. No intervenir. No opinar sino sólo con el voto cada 5 años, es como negar la esencia de la democracia. Es asumir que los programas no son compromisos, sino "ofertas", vendidas a punta de slogans; es definir para el pueblo el rol de "consumidor", pero nunca el de actor de su destino. Es aceptar íntegro el bochornoso concepto clientelar que prostituye la política. Es negar la ideología, que por definición no puede ser negada. Es convocar convenciones mudas o avalar el centralismo democrático, ícono de aquella URSS muerta y enterrada.

La no participación. La militancia cero. Echar la política en saco roto. Esta es la verdadera pesadilla venezolana. Más allá de Hugo Chávez, a quien le amaneció de golpe -claro- porque hay demasiada gente distraída que, con ayuda de los burócratas y sus aparatos partidistas, anda tapando el sol.

 

Raúl Lotitto

lotitto@infoline.wtfe.com