Por la recuperación

Por Raúl Lotitto

 

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 La naturaleza no obedeció sino a sus leyes. Fue inclemente y generó la más espantosa tragedia de la historia de Venezuela. Inundaciones jamás vistas dejaron bajo las aguas gran parte de los estados Táchira, Falcón, Yaracuy, Miranda y Vargas (quizá el más afectado) y un huaico infernal, como los que suelen azotar al Perú (por castigo de los dioses, según la mitología inca), transformó zonas de Caracas en un infierno y el litoral central en camposanto.

Como es habitual en las catástrofes nacionales –recordemos a Tacoa, el desbordamiento del río Limón, la explosión del gasoducto en la autopista Caracas-Valencia–, no se sabe y nunca se sabrá cuánta gente ha muerto ni cuánta quedó desamparada, pero las cifras menos pesimistas hablan de 30 mil fallecidos. Las imágenes más aterradoras se vieron en el exterior, filmadas por CNN y otras cadenas. Ellos mostraron no sólo los cadáveres, sino también esos inauditos saqueos que la televisión local se abstuvo de exhibir, quizá por mera vergüenza ajena ante los bárbaros.

No obstante, los medios de comunicación cumplieron una labor valiente y solidaria, conectando al país y haciendo las veces de faro orientador en medio del desconcierto y el desastre. Fueron como nunca espejo de la realidad. Incluso con el aberrante caso de Luis Landaeta, el mitómano, saqueador de conciencias, que engañó por un momento a todo el mundo: desde César Miguel Rondón hasta Hugo Chávez Frías.

Pero al momento de escribir este editorial, cuando prosiguen las labores de rescate, se incentiva la ayuda externa y Venezuela comienza a organizarse a partir de la Constitución aprobada el mismo día de la gran tragedia, lo que más preocupa al país pensante es encontrar el camino para la recuperación. Descubrir una ruta para poner en marcha el aparato productivo y desarrollar la economía, lo que es hoy más necesario que nunca. El muy difícil 1999 hacía previsible un año 2000 supercomplicado en lo económico y también en lo político, habida cuenta del estilo demostrado por el gobierno y la inminencia del inicio de las reformas previstas en la nueva Carta Magna.

Lamentablemente, la catástrofe hace aún más sombrío el panorama, pero absolutamente inevitable el camino de la reactivación. Ahora no queda más remedio que aunar esfuerzos y unir voluntades y acometer la gran tarea en la que el gobierno y la empresa privada deben ocuparse juntos: encontrar la salida que más convenga al gran interés nacional. Es lo único que cuenta. Si así sucede, al menos habrá consuelo para tanta desgracia.

Raúl Lotitto
lotitto@infoline.wtfe.com