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Por Raúl Lotitto
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Como periodista, estuve dos veces en el litoral después de los aludes. Vi la tragedia, la sentí, la palpé. Y supe que es infinitamente más terrible de lo que imaginé que era. El país donde "nunca pasa nada" se vio sacudido por una devastación que es quizá única en el mundo, no sólo por la particular saña de la naturaleza que desbordó la muerte en decenas de cauces sino por la horrorosa realidad del latrocinio, el destrozo y la violación, de los que no se salvaron ni las personas ni los bienes. Hubo casos, incluso, en el puerto, donde los dueños de almacenadoras dicen que los saqueos hicieron más daño que las tormentas.
Algo que mostró una enfermedad social que avergüenza. Y que, desgraciadamente, parece que pocos toman en consideración. Quizá la mayoría lo ve como algo "normal en situaciones de desastre", cuando en verdad lo sucedido es impropio de la naturaleza humana. E incluso difícil de ver entre los animales. Claro que lo más terrible, en todo caso, es el símbolo que la tragedia puso al descubierto. Porque la destrucción arreció el día del referéndum, justo en el momento de cambiar una "vieja" manera de hacer política, la misma que se inmoló envileciendo el poder y olvidando sus deberes. Pero el cambio político necesario e imprescindible que el país quiere no debería tener que ver con la destrucción o el debilitamiento como parece suceder de las instituciones que otrora representaron el poder (partidos, gremios, organizaciones no gubernamentales, sindicatos, medios, justicia, Parlamento y otros entes oficiales) sino con la construcción de una verdadera democracia, que por principio requiere para serlo del conjunto de la sociedad y de todas esas instituciones u organismos sin excepción alguna, sin marginaciones, sin revanchismos, sin intolerancias, sin denigración, sin plomo y sin pausa. Todos para todos. Fortalecidos. Por eso pesa el símbolo cruel de la tragedia. ¿Acaso en política hace falta también un aluvión que no deje piedra sobre piedra? De ninguna manera. Del mismo modo que hay que volver a erigir a Vargas y las zonas afectadas de Miranda, Falcón, Táchira y Yaracuy, deben reconstruirse las instituciones necesarias para fortalecer la justicia, las libertades y el pluralismo ideológico; garantizar y atraer inversiones, crear trabajo y hacer que avance la educación, el libre albedrío, el saber y la meritocracia. Es el puente hacia una sociedad más virtuosa y fuerte. Sería bueno para todos que el Gobierno lo atraviese. Acabaría con ese símbolo de la destrucción que anda por allí como una nube negra. Raúl Lotitto |