![]() |
|
Por Raúl Lotitto
|
Como la esperanza es lo último que se pierde, todos se muestran dispuestos a creer en la palabra del Presidente para que ahora sí por fin el país arranque. Ojalá que sea cierto, porque resulta más que necesario, imprescindible, echar a andar la rueda de la economía productiva y detener la caída que materialmente se expresa en depresión, desempleo y fuga; amén del acelerado deterioro de los valores sociales y la calidad de vida, y el aumento descomunal de la delincuencia que atormenta hoy a toda la nación.
Las empresas se reducen o cierran (cesaron más de 2.000 en los últimos 12 meses) y como no hay inversión interna es muy clara la incapacidad para retener el sobrante de divisas que dejan los precios petroleros, hoy en el promedio anual más alto de la década). Pero lo grave es que, además, parece que tampoco se puede retener la gente más valiosa: jóvenes y no tan jóvenes sobre todo de las clases medias, que son las más preparadas y el potencial de reconstrucción de Venezuela, están saliendo rápidamente hacia Nueva York o Miami (plazas preferidas de los criollos), o España, Portugal e Italia, sitios elegidos por los descendientes de los europeos que llegaron con Pérez Jiménez hace medio siglo. De paso, esa fue seguramente la mejor obra del dictador: reforzar a Venezuela como país de inmigrantes. Lamentablemente, ahora comienza a serlo de emigrantes. Ojalá no consista en eso la proclamada revolución. Pero en todo caso, de lo que se trata es de torcer el rumbo para cambiar esta realidad dolorosa y volver a generar expectativas positivas que hagan regresar la idea del desarrollo armónico, con paz y trabajo. Venezuela ha demostrado muchas veces un gran potencial de recuperación rápida. Tal vez si ahora se hace lo necesario empezando por un cambio en la actitud del Presidente, que debe rodearse de los más capaces para disponer de las mejores ideas se logre empezar a construir una estructura productiva que garantice un crecimiento sostenido, más allá de los vaivenes de los precios petroleros. Esto no se conseguirá sin lograr que el Estado ejecute sólo las tareas que le corresponden y se libere de las que no sabe hacer. Y confíe además en la empresa privada, a la que debe tener de aliada como en los países mejor administrados y ricos del mundo y no tomar falsamente por enemiga, como suele ocurrir en el concierto de las naciones más pobres, siempre endeudadas y alejadas de la educación y la tecnología. Incluso desde antes que se demostrara el fracaso del comunismo, los estados más poderosos fueron siempre aquellos donde la empresa privada mantuvo un rol principal y el sistema democrático funcionó como debía. Que una cosa seguro va de la mano con la otra. Y ambas suelen frenar en mucho la corrupción, que tanto nos perjudica. Privatizar o buscar alianzas estratégicas con empresas exitosas es una de las conductas que harán más grande a Venezuela. Desarrollar ideas donde los capitales, el trabajo y lo que es mejor, la filosofía, provengan de sectores no estatales, generará verdadera riqueza y bienestar. No hay que ir demasiado lejos para buscar un buen ejemplo: Cavim nada menos olvidó prejuicios y firmó convenios con empresas de punta de Australia, Estados Unidos y Argentina, que han funcionado a las mil maravillas: la compañía da ganancias por primera vez en su historia. ¿Por qué no se hace algo parecido o incluso mejor con Cadafe, Edelca, Enelbar, Ferrominera, Carbonorca, Venalum o hasta Hidrocapital? ¿Por qué no regresan sanamente al sector privado el enjambre de empresas que hoy administra Fogade? ¿Por qué el Estado en Venezuela se empeña en seguir siendo, por ejemplo, banquero, constructor o dueño de medios? ¿Por qué no se lanzan de una vez los fondos de pensión? ¿Por qué no se privatiza definitivamente la infraestructura turística y se abren las vías de servicio necesarias como hicieron los cubanos para que ese negocio deje de ser sólo una promesa? Todas esas iniciativas y otras en la misma onda, no sólo absorberían capitales que hoy se fugan, sino que también atraerían nuevas inversiones venezolanas y extranjeras que ahora temen llegar porque no ven claro el panorama. Activarían hasta la Bolsa de Valores, hoy casi extinta. Y darían trabajo, generando riqueza. ¿Hay alguna razón de Estado para no hacerlo? Raúl Lotitto |