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Junio 2001
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La etiqueta sicológica es la etiqueta
Gracias al mercadeo, las botellas encierran más que sabores y aromas Cuando el vino se volvió popular, en la época de los galos-romanos, no había botellas sino vasijas, y en ellas, vino. Cuando en el siglo XV los destiladores clandestinos de Escocia inventaron el single malt, llenaban sus botellas con whisky. Hasta mediados del siglo XX había una lógica y una racionalidad en el mundo de las botellas. Las de vino eran eso. El jerez era un vino encabezado, es decir un vino al que se le había fortificado con alcohol de vino. El vodka contenía agua ardiente para nórdicos y cosacos. Y en el caso del single malt, el whisky se había movido al blend, es decir a la mezcla de maltas y granos. Hoy no. Las botellas no encierran lo que los hombres obtienen de los viñedos y destilerías, sino deseos, ambiciones, antojos y sutilezas. El contenido de las botellas, antes que en viñedos y destilerías reside en la mente del consumidor. Con 30 o 50 años de retraso con respecto a otras industrias, las de vinos, aguardientes y licores han salido a la búsqueda de sicólogos para bucear entre razones y reacciones; sociólogos para entender raíces y diferencias; especialistas en marketing para buscar sintonías con el mercado, publicistas para transmitir mensajes, y consumidores para preguntarles por qué ya no son tan simples como antes, cuando los hombres bebían vino, jerez, vodka y whisky, los jóvenes cervezas y las mujeres copitas de anís o menta. En el XXI asoma como un siglo donde la etiqueta psicológica prevalece sobre el contenido. El vodka no es trago de borrachos sino de señoras lindas. El jerez se vuelve místico, religioso. El vino, cosa bíblica y terrenal, sale al espacio en procura de la perfección. Y en la barra de amantes del whisky en Venezuela, de cada diez consumidores ya casi cuatro son mujeres. Ahora como nunca antes en este negocio de saberes y heredades, de tradición y emblemas centenarios, la etiqueta sicológica y no la racionalidad de los atributos específicos de alcoholes de 11 a 44 grados, condicionan preferencias y consumos. Que siempre fue así, dirán los tradicionalistas del mercadeo. No es cierto. Hasta hace muy poco el vino plantaba uvas, embotellaba vino, y vendía vino que se comparaba con otros vinos. Hoy el vino pelea con el agua mineral, el café con leche, las gaseosas, el whisky, la cerveza, los abstemios, y la igualación social. Las clases altas seleccionan botellas como escogen automóviles, como símbolos de hábitos cotidianos que los iguala entre sus pares y los diferencia del resto de los mortales. El vodka era trago de machos. De tipos rudos desafiando la nieve, la soledad y las asperezas de la vida campesina. Hoy es copa elegante de sílfides y vestales, que en lugar de fuego simboliza delicadeza El whisky es un trago tan fuerte que no se puede beber sin rebajarlo. Sirvió durante siglos para ir a la guerra, apagar despechos, embriagar victorias, y acompañar aventuras masculinas. Hoy se va pareciendo al pantalón, prenda de jinetes guerreros en sus orígenes, incorporada después por las damas a su consumo según se preste la ocasión o haya amanecido el día. He aquí los últimos ejemplos en el manejo exitoso de etiqueta sicológicas:
No en vano en sus clases en Chicago, Pierre Martineau repetía una y otra vez: "el hombre se rige por símbolos, no por razonamientos". Eso fue en 1957. Tenía razón. Por eso ahora leer a Martineau está de moda en bodegas y destilerías. PERISCOPIO Si en su paladar persisten los recuerdos de vinos españoles de marqueses, toros, flamenco y castañuelas, puede llevarse buenas sorpresas descorchando los nuevos vinos de España. Hoy, las botellas de Rioja, Navarra, Priorato, Penedés, Galicia o Andalucía están cargadas de modernidad, tecnología y saberes heredados. Encierran perfumes y sutilezas, que era difícil encontrar salvo en una decena de marcas hace 30 años. La distancia entre aquellos vinos españoles famosos en Venezuela y los que ahora aquí llegan, es similar a la transformación que vivió España entre la década de los setenta y su ingreso al siglo XXI. Un ejemplo de esos cambios es Beronia. La marca era en 1970 una bodega de amigos en Rioja. En 1982 fue adquirida por González-Byass, la centenaria bodega de jerez creadora de Tío Pepe. Después de grandes inversiones en viñedo y tecnología, el Beronia ascendió a la categoría en la que se encuentran los mejores vinos de su país. Este tinto se elabora con las tres cepas que han puesto a España en el mapa de la vitivinicultura mundial: Tempranillo, Garnacha y Viura. Hay dos versiones de la marca en tintos, "Crianza" y "Reserva". Crianza significa un año en toneles, para perfeccionarse después durante otro año en barricas de roble americano y unos meses en botella. El Reserva se elabora con 13 meses en toneles, 24 en barricas y 19 meses más en botellas. Mediante trasiegos semestrales consiguen una evolución pausada y armónica de este tinto. Beronia Crianza tiene aromas de frambuesas, moras y cerezas, con trazas de pan tostado y especias verdes, típico de los vinos elegantes y en evolución. En la boca la primera impresión es frutosa, fresca, y después deja una sensación sedosa y suave. Es un tinto moderno que necesita respirar por lo menos media hora antes de ser consumido en armonía gastronómica con estofados, carnes al horno y asados. Descorchado con esa antelación, debe ser servido a 18 grados (30 minutos en la parte baja de la nevera). Beronia es uno de los tintos que seleccionó para su Primera Clase la línea aérea Iberia, como expresión del potencial vitivinícola español. |
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