Agosto 2001
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Globalización en tela de juicio

En Miami, McDonald's rompió el paradigma de la hamburguesa para vender sin prejuicios sándwiches cubanos: un producto que no estaba en sus planes cuando la compañía todavía pregonaba -como la mayoría de las multinacionales- la idea de "glocalización" (pensar global y actuar local). O sea, imponer en cada país marcas y productos de probada "eficacia" mundial, con estrategias indiscutibles de las casas matrices.

Pero lo que decidió McDonald's en el sur de Florida quizá está inspirado en lo que pregona ahora su mayor aliado universal, Coca-Cola, cuyo último descubrimiento filosófico en los 7 continentes es "pensar local y actuar local". Claro que es también una directriz de Atlanta, sede del cuartel de Coca-Cola. Pero implica un golpe de timón que ojalá no sea puro gatopardismo.

En todo caso, Coca-Cola y McDonald's son tan emblemáticos que cualquier cambio en ellos induce a pensar que la globalización sufre un reacomodo, quizá por las reacciones del movimiento antiglobalización en Seatle y Génova, o tal vez por un intento de ajustarse mejor a la economía mundial. El caso es que poco después de ser tan publicitado, el término globalización -etapa sublime de las multinacionales- pasa de golpe al diccionario de las malas palabras.

Más pronto de lo que algunos pensaban, le sucede como al comunismo: una de las tendencias globalizantes que más resultados políticos dio a corto/mediano plazo en el mundo entero, para naufragar cuasi inesperadamente -sin violencia alguna- cuando su economía generó metástasis en un cuerpo social desalentado y harto de vivir preso. Fue entonces que asomó el gran legado del comunismo: la pobreza.

¿Cuál será el legado si desaparece la globalización? Es temprano para aventurar una respuesta; pero no será sólo la pobreza, que no fue precisamente erradicada por el capitalismo, más allá de muy notables ejemplos para combatirla. Quizá haya otra herencia inadmisible: el desaprovechamiento de una buena ocasión para el desarrollo armónico del planeta.

Por eso, lo que hoy está en tela de juicio es la filosofía que anima a las multinacionales. Dinero y más dinero (codicia pura) no puede ser nunca la bandera de la humanidad, aunque no parece haber otra oferta entre los animadores del capitalismo neoliberal; en particular Estados Unidos. El discurso clásico de un estadounidense implica que de cada 5 palabras dos hablan exclusivamente del valor económico. Casi todo -gente, empresas, ideas, productos, hechos- es bueno si gana plata y malo si la pierde. El ejemplo extremo es el tráfico y consumo de drogas. Es el mayor flagelo y la peor amenaza para la humanidad, pero se mide bajo una consideración casi exclusivamente crematística: aducen que no puede ser derrotado "porque es un gran negocio".

En todo caso, el eslogan que imaginó Coca-Cola, "pensar local y actuar local", no es suficiente para lograr que el orden económico mundial sea más justo. Con optimismo, quizá ese pueda ser el principio de un cambio en las cargas de responsabilidad y la toma de decisiones. Hace falta un cambio cualitativo en la consideración de empresa privada que ahora se tiene de las grandes corporaciones, cuyos principios -y fines- deben verse con óptica de cosa pública.

Esto no implica estatizarlas -vade retro- sino considerarlas como empresas orientadas al bien común y no solo a llenar los bolsillos de los accionistas. De hecho, por su peso en la generación de empleo, el cuido de la naturaleza, el desarrollo de las sociedades, la salud pública y la transmisión de información y cultura, deben generar una renta social diferente al puro resultado del arqueo de caja. Esa es la instancia superior que podría esperarse de ellas. Y vale la pena hacerse ilusiones. De lo contrario, más temprano que tarde la globalización podría acabar como el comunismo... aunque McDonald's venda arepas.

Raúl Lotitto
lotitto@gep.com.ve



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