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Septiembre 2001
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Nariz de siglo
La publicidad y el mercadeo ignoran valores tradicionales del buen vivir como la cata, al punto que el amante de lo bueno aprende por ensayo y error Alberto Soria Los siglos han marcado las destrezas necesarias en las clases altas. De allí vienen la navegación, la equitación, el latín y el griego, el manejo de la argumentación y el arte de escribir cartas. De allí también, el culto a la constancia, la música clásica, las horas de meditación y de lectura, el sentido del ahorro, la puntualidad, y las antigüedades. Destrezas necesarias más recientes son el uso de la tecnología, y la capacidad sensorial para seleccionar lo bueno. Hoy por ejemplo, saber catar es socialmente tan necesario para profesionales y personajes del mundo de los negocios como navegar por internet. Saber de vinos se ha vuelto necesario, a lo que, misteriosamente, la publicidad y el mercadeo escasamente le prestan atención y estudio. Quizás, piensa uno, porque para generaciones formadas por Coca-Cola y ketchup el vino no constituye síntoma detectado ni a detectar, cuando le toman el pulso a las tendencias de consumo. En las agencias de publicidad uno ve solo a los viejos lobos de la tripulación manejándose con desenvoltura entre vendimias. Mientras la nueva sociedad descorcha y trata de encontrar armonías gastronómicas, mientras desconcertada se para frente a cientos de botellas con cinco nombres de las mismas uvas repetidos en las etiquetas, mientras el mundo del whisky está en guerra y el de los aguardientes cambia, el mercadeo y la publicidad, salvo excepciones, duermen la siesta. O eso parece. Huérfano de esa fundamental ayuda, que enseñó y convirtió a la sociedad en clientela experta en automóviles, relojes, computadoras, celulares, moda y viajes, por citar solo algunas cosas que no se usaban o consumían cotidianamente hace cien años, el amante de lo bueno en la mesa aprende por ensayo y error. “¿No hay por ahí un cursito rápido para saber de vinos?”, nos preguntan con frecuencia. ¿Qué tan rápido? Dos horas. Fui a hablar con Dionisio pero me interceptó Baco. No tiene su MBA de Harvard, pero defiende el negocio. “Dales algo. El asunto es que descorchen”. Aquí va el primer cuarto de hora: •Todas las contraetiquetas (pequeñas, al otro lado de la etiqueta de la marca, supuestamente destinadas a orientar al consumidor) o mienten, o están mal escritas. •Los millares de botellas se reducen a cinco grupos de vinos y de bebedores. A cuatro las clasificó Pierre Coste (Les Révolutions du palais, 1987). La primera es la de “vinitos”. Son los “vinos corrientes”. Fueron descorchados masivamente hasta el último tercio del siglo XX en Argentina, Chile, Francia, España, Italia, y Portugal. Sus consumidores como envejecen y mueren, están descendiendo. •Los bebedores de etiquetas mantienen viva la categoría de “Falsos buenos vinos”. Más de la mitad de la carta de vinos en restaurantes en Venezuela entra en esta segunda categoría. •Los vinos de una sola variedad de uva (varietales) constituyen la categoría de “buenos vinos”. Representan la revolución enológica. Ligeros, sencillos, en su mayoría se beben jóvenes. Los descorchan los nuevos amantes del vino. En auge. •Los “grandes vinos” constituyen la categoría botellas hechas con arte, tradición y respeto constante por la calidad, que se debe descorchar con rito y buena compañía. Son los vinos de marcas de gran prestigio, o novedades en ascenso, demandadas por conocedores y gastrónomos. Costosos, no pueden ser baratos. Clientela fija y fiel. •Otros tres tipos de vinos deben ser repartidos por usted en alguna de las cuatro categorías anteriores: los vinos espumosos (el champagne y todas sus imitaciones), los licorosos, y los vinos encabezados (el jerez, y el oporto). “La calidad empieza cuando se termina la comparación” escribió Lagerfeld en 1987. Tiene razón. Fin de los primeros 15 minutos prometidos a Dionisio.
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