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Septiembre 2001
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Tráfico de fútbol
El negocio del futbol se basa en la cobertura televisiva. De los derechos, las federaciones tienen millonarios ingresos Nicolás Leoz se hizo cargo de la Confederación Sudamericana de Fútbol en tiempos austeros para el deporte más popular. La Copa América llevaba dos décadas sin que nadie quisiera organizarla, desde Uruguay 67. La solución intermedia de jugarla de manera distribuida había fracasado tras tres intentos, el último en 1979. Archivada entre las telas de araña, la competencia de selecciones más antigua del mundo fue reactivada gracias a la visión comercial de Traffic, empresa brasileña que vislumbró el negocio creciente de la televisión, ofreció a la CSF un contrato por diez años, se hizo cargo de todos los gastos, puso dinero para cada equipo y la Confederación, a cambio de los derechos para su difusión. Desde Brasil 87 arrancó la nueva era, moviéndose cada dos años por toda Sudamérica, con continuidad asegurada en sedes rotativas por los diez países, hasta Venezuela 2005. Algo más de treinta mil dólares recibió de premio cada futbolista argentino que ganó el Mundial de México 86. Hoy la cifra equivale a una propina, por el crecimiento que provocó la televisión en esta década y media. Otra empresa fuerte del continente, Torneos y Competencias, surgió en el 84, firmando un contrato de exclusividad por 20 años con la Asociación del Fútbol Argentino. La Copa América comenzó a verse en más de cien países, y produjo inmediatamente la comercialización millonaria de las Eliminatorias Mundialistas. Venezuela recibió desde entonces sumas importantes por estos eventos. Alrededor de diez millones de dólares ingresaron por el Premundial 2002, solo por derechos de televisión al exterior. Solamente dos, más algunos beneficios adicionales, llegaron para Francia 98, cifra impactante en aquel entonces. Cuando en el 97 venció el contrato entre Traffic y la CSF, se esperaba una competencia atroz, que iba a generar ingresos mucho mayores para las siguientes ediciones. Sin embargo, se formó el consorcio T&T, entre los hasta entonces competidores Traffic y Torneos, ofreciendo una cantidad razonable hasta el 2003. Para la Copa venezolana no hay convenio aún, por lo que se teme una baja en la oferta, producto de los desentendimientos previos a Colombia. Simultáneamente se desarrollaron nuevos torneos de clubes, como la Supercopa, la Recopa, Mercosur y Merconorte, más la nueva versión millonaria de la Libertadores, con la misma idea de la Liga de Campeones de Europa: no importa que haya tribunas vacías si las pantallas están llenas. Este concepto permite imaginar una Copa América en la Antártida, la Patagonia, la selva amazónica o el desierto chileno. Basta con que haya un rectángulo de juego y cámaras de televisión. Eso garantizará los ingresos, sin preocupaciones de seguridad ni violencia. Negocio, negación y negociación Paraguay 99 era el preámbulo de Colombia 2001, pero nadie hablaba en Asunción del tema. Parecía un silencio convenido, como para no despertar ideas de posibles temores o atentados. En la medida en que se acercaba la fecha, aumentaban las preocupaciones, principalmente en los países del Cono Sur y en los clubes europeos donde juegan los futbolistas más cotizados. Al mismo tiempo, cada bomba o secuestro removía las discusiones casi clandestinas del alto mando. El poder que tomaron los consorcios televisivos en la región, tras convertirse en la principal fuente de ingresos de las federaciones, se ve reflejado en las decisiones dirigenciales, desde la misma elaboración de los calendarios. Sostenida con alfileres, se había confirmado la sede colombiana para la Copa, hasta que el secuestro del dirigente Hernán Mejía Campuzano generó el motivo perfecto para moverla de país, sin arriesgar el negocio. Todos los presidentes de las federaciones sudamericanas, exceptuando el colombiano Alvaro Fina, firmaron una carta solicitando a la Confederación el cambio de sede, sin poner como condicionante la liberación de Mejía, como se había planteado inicialmente. El sur de Brasil era el sitio geográfico elegido, lugar tranquilo por el desinterés del público, seguro para su transmisión televisiva exitosa. Andrés Pastrana reaccionó y pidió apoyo a los presidentes de los otros países. Para su gobierno la Copa era una oportunidad única de mostrar una cara de paz al exterior y de darle un respiro a los enfrentamientos domésticos. Se generó un conflicto entre la supuesta autonomía del fútbol, la fidelidad a las empresas y el coqueteo con el poder. Los representantes de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, unas horas después de haber firmado la carta, llevaron a la reunión que se hizo en Buenos Aires la posición contraria. Faltaban once días para la inauguración de la Copa y la inflexibilidad de ambas partes generó la absurda decisión de postergar el evento para el 2002. Cada uno lo presentó como una victoria, mientras el público se quedaba sin espectáculo. Sin embargo, algo no cerraba: el negocio no podía esperar. Alzar la Copa Traffic había vendido los derechos a 150 países, los cuales a su vez comercializaron sus transmisiones. La cifra facturada rondaba los 1.200 millones de dólares. Coca-Cola y MasterCard pagaron 10 millones por ser patrocinantes socios de la Copa. Su inversión para explotarlo fue mucho más alta. Cuatro días demoró en moverse todo el aparato para resucitar el evento. Los equipos ya se habían desconcentrado, los jugadores estaban de vacaciones, pero eso era lo de menos. Brasil, opositor acérrimo al principio, terminó sumándose a Colombia. La fuerte relación entre Traffic y la CBF, que primero fomentó la mudanza, acabó indicando que el café de esta vez debía ser colombiano. Uruguay también se volteó, y Paraguay con su neutralidad inicial, ahora seguía la corriente en el otro sentido. Argentina mantuvo coherencia con su negativa inicial, pero no tuvo, a través del presidente de la AFA, Julio Grondona, la flexibilidad lógica para adherirse solidariamente a la mayoría, tras haber prolongado el suspenso hasta la víspera de la inauguración. Provocó una reacción negativa hacia todo lo argentino. (Ver PRODUCTO 215, pág. 16). En las canchas de su país tampoco puede garantizar la seguridad, en medio de un desorden de clubes en quiebra. Pasados los primeros días, los colombianos se metieron en el fútbol, felices con el avance de su selección. Antes estaban dolidos por las dudas. Por eso fue tan emocionante la ceremonia inaugural, por eso las preguntas sentidas a cada extranjero sobre si había visto algo malo. Coca-Cola vistió de rojo todo lo que pudo. Los recogebalones llevaban su uniforme, mientras los vendedores paseaban por la tribuna, refrescando también a los periodistas ante el calor ardiente de Barranquilla. MasterCard organizó un concurso de penales entre los representantes de los medios. En la edición previa de Paraguay, había que enfrentar al mundialista argentino Sergio Goycochea. Esta vez era un desafío de puntería, donde se acumulaban puntos al embocar la pelota en los huecos de un arco inflable. Regalaban una camiseta, que resultó el único obsequio de los primeros días, debido a las corridas organizativas que retrasaron todo el material promocional. Así el logo de la tarjeta oficial acompañaba a cada periodista en los estadios, que mostró en 150 países del mundo, gracias a Traffic y a los obedientes dirigentes que dieron el sí. Edgardo Broner |
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