Noviembre 2001
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Para devolver el apetito, la publicidad irá a la guerra

En la primera guerra del siglo XXI, aunque no lo quiera, la publicidad ha sido llamada a librar batalla: deberá devolverle al mundo el apetito y las ganas

Todo lo que gracias a la publicidad y el marketing se construyó durante un siglo alrededor de la gastronomía como negocio, fue impactado por el terror del martes 11 de septiembre, y un mes después desayuna, almuerza o cena bajo fuego mediático, como mucho a dos metros de distancia. Lo que en el siglo XX la publicidad logró después de la II Guerra Mundial hoy parece gigantesco: placeres locales y regionales trasmutados en disfrutes planetarios al alcance de la mano. Botellas convertidas en leyendas. Saberes campesinos transformados en dietas milagrosas.

Lo que se destruyó en media hora en septiembre aún está bajo inventario pero también es gigantesco. Herida en su valor fundamental (la confianza) la aviación comercial arrastra en su caída al turismo, la hotelería, la restauración, las convenciones internacionales, la industria del ocio, la artesanía, y a todos sus suplidores.

Jamás pensaron esas industrias que florecieron cuando la guerra se volvió fría, hace 55 años, que su futuro estaba tan encadenado.

Bajo los escombros de las torres gemelas del World Trade Center aún hoy yacen 76 cocineros, expertos en vinos, coordinadores de banquetes, lavaplatos, mesoneros, azafatas de congresos, traductores, especialistas en puros, y suplidores de delicatesses. Murieron entre los pisos 106 y 107 de la torre norte, en la cafetería corporativa del piso 44 y en los sótanos de provisiones. Junto a ellos fueron sepultados entre escombros 60 mil botellas de los más famosos vinos del mundo, la primera escuela de vinos de Manhattan que operaba allí desde hace 25 años, y las ilusiones de otros 380 profesionales, artesanos y aprendices que trabajaban para el conglomerado de gastronomía y negocios de Windows on the World. Dentro de esas primeras pérdidas hay que contabilizar a Christian Adams, de 37 años, director del Instituto del Vino de Alemania que viajaba en el avión de United Airlines que cayó en Pennsylvania. La industria alemana del vino, que había presentado con Adams su cata anual de promoción en Nueva York el 10 de septiembre, y que pensaba hacerlo el 12 en California, está de luto. Sombrío también es el panorama en whisky, licores y aguardientes.

Cuando comenzaron los bombardeos en Afganistán la crisis del sector se volvió problema planetario. Hoy, porque en el mundo hay miedo, millares de cocineros, mesoneros, ayudantes y suplidores en países donde aún no se ha disparado ni se espera que se dispare un tiro, se han quedado sin trabajo. Mientras el planeta ha perdido el apetito, la mesa y la cocina descubren que jamás tuvieron planes para enfrentar tormentas como la que ahora se avecina. No hay estrategias blindadas, ni planes de contingencias. No hay menús a bajo precio, ni fórmulas para atraer clientes, ni clausuras tempranas protegiéndose del temporal.

La cuchara, la copa y el tenedor esperan que algo pase. Es la hora de la creatividad y de la imaginación. Ahora le tocará a la publicidad y al mercadeo demostrar qué buenos son. Ya no sirven las estrategias que convirtieron la sopa en elixir, lechuga y kiwi en estilo de vida, y el yogur en plato fuerte. El temor, la rabia y la desesperanza, han convertido a los especialistas en seducción en los primeros soldados enviados por la economía global a defender las ganas y el apetito. El asalto a la mente del consumidor en el XXI en nada se asemeja al desafío de los años 50 del siglo pasado. Antes, el enemigo era los ejércitos y el hambre. Ahora los suicidas y la inapetencia.

DOCE VENDIMIAS PARA FESTEJAR

Con doce botellas de vino chileno bajo el brazo, don Alfonso Larraín Santa María salió a recorrer 87 países por el mundo. En cada capital las descorcha y con la elegancia y sencillez que le caracteriza le dice a los expertos locales con los que se reúne una frase mágica: Por favor, pruebe.

Así, Don Melchor de la viña chilena Concha y Toro anda en estos meses por el mundo confirmando su valor internacional. Es el vino tinto del Nuevo Mundo más premiado en la historia, y también el que ha obtenido en forma consistente los mejores puntajes en catas comparativas internacionales. En 1999 The Wine Spectator lo eligió como el mejor vino del sur del continente americano. El año pasado la viña Concha y Toro obtuvo el primer lugar en importaciones de vinos chilenos a Estados Unidos, y en junio pasado, en Vinexpo 2001 de Francia, la marca ingresó al exclusivo Club des Marques, y alcanzó así la primera posición del continente entre las marcas más destacadas de la industria vitivinícola mundial. Don Alfonso dirige la viña desde 1998, y Don Melchor fue su creador en 1883.

Las doce vendimias que constituyen el tesoro de evolución de Don Melchor, un vino tinto de reserva producido con la cepa Cabernet Sauvignon en el viñedo de Puente Alto, en el Valle del Maipo, van desde 1987 hasta 1998. Las posteriores aún están desarrollando su proceso de perfeccionamiento en barricas de roble francés o en botella. Don Melchor no suele venderse sino después de tres años de la vendimia que le dio origen.

En la actualidad, importado ahora con esmero por la distribuidora Ron Santa Teresa, botellas de la cosecha del año 97 se ofrecen por primera vez al consumidor venezolano. En cata esa vendimia expresa bouquet de vainilla y leves notas de menta. Es un tinto elegante, redondo, aterciopelado, con taninos suaves y armoniosos. Es una lástima que uno no pertenezca a la generación que compra botellas para guardar, pues este vino en cinco años si ahora es bueno, se volverá espectacular. Pero mientras la lógica se golpea el pecho confesando su impaciencia, el paladar descorcha con alborozo esta, y todas las añadas anteriores.


SONIDO CON HERENCIA

Apreciada ahora mundialmente,

la japonesa es una cocina seria, tradicional y legendaria que se ha puesto de moda en la modernidad entre los hombres y mujeres de negocios por sus características: escasa y cara en un país densamente poblado y con poca tierra cultivable. Vegetariana y dependiente de la pesca, está estructurada sobre una lógica y no sobre el antojo del cocinero.Adiferencia de lo que ocurre con otras cocinas, la de Tailandia por ejemplo, el placer visual de la cocina japonesa no es artificial sino el resultado de más de mil años de la lucha cotidiana contra el alto costo de los alimentos, la necesidad de seleccionarlos, y la escasez. En ella, se llega al deleite por el camino opuesto al de la abundancia o la improvisación.

La textura de los ingredientes y la sobriedad de los platos del Japón diferencian su cocina del resto de las asiáticas. Nacida de la pobreza, la escasez de combustible como madera o carbón creó un estilo culinario que se basa en procesos breves, brevísimos. La cocción siempre es al punto, y el plato debe ser consumido de inmediato. Un excelente ejemplo

de respeto de esas tradiciones y de las técnicas culinarias japonesas se puede encontrar en Venezuela en el restaurante Taiko, en la urbanización Las Mercedes de Caracas. La Sony japonesa envió hace años a uno de sus hombres, Tetsuro Nakada, para trabajar sobre la calidad en el mercado venezolano. Tiempo después este personaje decidió volcar sobre Taiko (nombre del tambor japonés con valor y significado religioso) todos sus afanes. Dirige desde hace seis años este restaurante, que destaca en su categoría por la consistencia de su cocina y la sobriedad, elegancia y ambientación de su diseño interior. Nakada asegura que el sitio "es" Japón. El tambor y la cocina lo confirman.



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