Enero 2002
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Soberana expresión

Parece una paradoja, pero mientras muchos dicen que el Gobierno no tiene una verdadera política comunicacional -lo que afecta sin duda su imagen- todos coinciden en que Hugo Chávez Frías quizá sea el mejor comunicador que haya tenido Venezuela en toda su historia en el cargo de presidente. Por eso PRODUCTO encaró este informe, ilustrado desde la portada con una simbiosis que es todo un símbolo: las cacerolas de la oposición y el alicate del poder, como exponentes máximos de un pulso donde la libertad de expresión ha sido -y ojalá siga siendo- la gran soberana. ¿Pero existe realmente una política de Estado en materia de comunicación e imagen? ¿Y cómo afecta al país que la haya o no? Es lo que se trata de desentrañar en las páginas que siguen, a través de consultas a periodistas, ex ministros de información de otros gobiernos, dueños de medios, economistas y encuestadores que analizan el discurso oficial en todas direcciones. Faltó, desafortunadamente, la palabra del Gobierno: ni el ministro de la Secretaría, Diosdado Cabello, ni la viceministra de Gestión Comunicacional, Teresa Maniglia, pudieron recibir a PRODUCTO. Como compensación, sin embargo, al final del informe se incluyen dos claves para el futuro: una nota sobre la polémica Ley de Contenidos y otra que revela la hasta hoy desconocida Ley de Publicidad. Disfrútenlo.

Imagen en picada

Casi todos los analistas políticos coincidían, durante los años 1999 y 2000, en los grandes atributos comunicacionales del presidente Hugo Chávez Frías, quien se desplazaba como pez en el agua en todos los terrenos para hacer llegar su mensaje, especialmente al electorado que lo había colocado en el poder, las grandes masas depauperadas del país. Pero no solo lograba las simpatías de los sectores económicamente más deprimidos, también poseía admiradores en la clase media, que estaba harta del lenguaje acartonado y oficial, y ansiaba ver a más de un pillo en la cárcel y veía a Chávez como un vengador-justiciero. Ese poder comunicacional de Chávez, disfrazado de beisbolero, músico, militar, civil, ciclista, médico, historiador, en pocas palabras, todero, dependiendo de la ocasión y de su auditorio, hizo que sus asesores más cercanos desecharan la idea de establecer una política comunicacional. No querían transferir a terceros un trabajo que el Jefe hacía muy bien. Alfredo Peña, para aquel entonces ministro de la Secretaría de la Presidencia de la República, consideró que no había mejor comunicador que el mismo Presidente y si se requería algún esfuerzo adicional, para eso estaba él, periodista y veterano en esas lides. De hecho, el comunicador y abogado Martín Pacheco, jefe de Prensa de Miraflores en los inicios de este Gobierno, apenas quedó en la imagen pública como la persona a quien Chávez pedía el café durante sus cadenas.

El equipo inicial, liderado por Juan Barreto, no logró nada que no fuera gastar todo el presupuesto anual de la agencia de noticias Venpres en apenas tres meses, empleándolo completamente en editar el Correo del Presidente, cuyas devoluciones eran tan altas que ya no cabían en el depósito dispuesto para ello, según informaron en su oportunidad algunos empleados de esa agencia.

Barreto trató de sacar un segundo proyecto, avalado supuestamente por un constructor peruano, el diario La Segunda Opinión, que no llegó a imprimir una segunda edición. Intentó también un tercer medio, una revista denominada PEP (Política, Economía y Petróleo), con el aval de Alí Rodríguez y la promesa de publicidad gubernamental, pero apenas salieron 4 números. Al parecer ni Barreto ni el Gobierno entendieron que el periodismo político-partidista o teñido de intereses no suele ser exitoso ni en Venezuela ni en ningún país. Esa prensa carece de credibilidad.

Por gestiones de Luis Miquilena y José Vicente Rangel, desde el inicio del mandato de Chávez, toma posesión en la OCI Carmen Ramia, esposa de Miguel Henrique Otero, con el apoyo de un veterano como Jesús Romero Anselmi, pero este equipo no duró, entre otras cosas, por carecer de un canal directo con el Presidente y no poder acordar con él algún tipo de estrategia. Esos días reflejaban la luna de miel entre El Nacional y Chávez. La oveja negra la representaba El Universal y luego Globovisión. La elección de Alfredo Peña en la Alcaldía Metropolitana con un gran caudal de votos hace que este periodista empiece a marcar distancia con Chávez por las contradicciones que surgen entre los discursos de ambos dirigentes, especialmente a raíz de la tragedia de Vargas.

Luego, en un esfuerzo por focalizar la política comunicacional más cerca de Chávez, desaparece la OCI y crean el Viceministerio de Gestión Comunicacional, dependiente de la Secretaría de la Presidencia y ubicado en Miraflores, pero este organismo tampoco pudo concretar ningún esquema operativo que permitiera disminuir la permanente presencia de Chávez en los medios, la utilización excesiva de las cadenas y el consiguiente deterioro de su imagen.

La actuación reciente del Gobierno para contrarrestar el paro del 10-D con una avalancha de páginas contratadas en los medios de comunicación, con mensajes faltos de creatividad y credibilidad, según la oposición política y los especialistas, cierran un episodio de fracasos en el establecimiento de una política comunicacional durante el presente trienio. El último consejo aplicado por Chávez es el disminuir la utilización de las cadenas y enfocarse en el canal 8 y Radio Nacional como canales del Gobierno y no del Estado. Actualmente, el Viceministerio de Gestión Comunicacional, encabezado por la periodista Teresa Maniglia (ex directora de RN), hace un esfuerzo por mejorar las transmisiones de Aló Presidente y aprovechar las cadenas radiales y televisivas para introducir microprogramas de propaganda gubernamental.

Algo curioso, que esclarece al hombre común sobre la carencia de una política oficial de comunicación pública, es que mientras el Presidente invita en sus discursos a no comprar determinados periódicos (El Nacional o El Universal, por ejemplo) su gobierno pauta en esos mismos diarios páginas completas con propaganda oficial.

La olla de presión

Los críticos de Chávez señalan sus errores en política interna y externa, la ineficacia de su Gobierno y su falta de cumplimiento con las ofertas trazadas, y un discurso cada vez más violento e intolerante, lo que ha hecho que su imagen resbale en un barranco a la velocidad del rayo. Esta debacle no ha sido analizada en su justa dimensión por el jefe del Estado. La respuesta inmediata es la de atacar a los medios que reflejan el comportamiento de su gestión y colocar a sus dueños a la puerta del escarnio público. Los analistas que siguen muy de cerca su comportamiento dicen que a raíz del 11 de septiembre (atentado talibán en contra de EE UU) cambió el mundo y a Chávez se le acabó su intento de liderazgo internacional. Y en lo interno, luego del 10 de diciembre, su gobierno se radicalizó. Especialistas como Hebert Koenecke, politólogo de la USB, refiere que Chávez se encamina hacia un comportamiento autoderrotista y se hace más visible su personalidad "histriónica narcisista", que lo encierra cada vez más en un entorno de subalternos mediocres que no puedan competir con él.




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