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Marzo 2002
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Un balón para Japón, otro igual para Corea
Cómo fue que la pugna entre las fuerzas políticas de América y Europa desembocó en la división del mundial de fútbol 2002, el primero que se hará en dos países, y posiblemente el último Mar del Plata recibió en el verano de 1996 a la comunidad futbolística suramericana, porque se jugaba el Preolímpico clasificatorio para los Juegos de Atlanta, en tiempos en que las playas argentinas se llenan de turistas. El hotel Costa Galana era centro de reuniones, con el habitual congreso de la región, que tenía como invitado al entonces presidente de la FIFA, Joao Havelange. En ese entonces, japoneses y coreanos promocionaban sus candidaturas para organizar el Mundial 2002, con agasajos a la dirigencia, presentaciones a la prensa y lobby a orillas del Atlántico. Se sabía que Havelange apadrinaba a Japón, tras promover su lanzamiento, pero tuvo un gesto de favoritismo descarado cuando invitó a comer a los presidentes de las federaciones suramericanas, fuera del hotel, la misma noche en que Corea 2002 organizaba su cena de agasajo a los potenciales votantes. Todo pintaba para una Copa del Mundo totalmente nipona, pero desde dos años antes el poder de los votos africanos había hecho tambalear la permanencia del brasileño al mando. Europa se alió con ellos, molesta por el manejo soberbio del presidente, junto a su secretario Sepp Blatter, y apoyó a Corea, simplemente para mover el piso seguro del oficialismo. A la hora de los votos, el Mundial se iba a mudar del otro lado del Mar de Japón, por lo cual Havelange hizo una jugada maestra, al inventar la organización compartida entre dos países, la cual fue aprobada, lo que evitó la derrota en las urnas. Desde ese momento comenzaron los dolores de cabeza. Los rivales hasta minutos antes debieron asociarse, pese a los sentimientos históricos que aún los enfrentan, con una independencia coreana de solo medio siglo, cuando la Segunda Guerra Mundial generó la derrota japonesa y su consecuente liberación. Cada folleto mostraba una perfecta simetría, el protocolo los ponía siempre en el mismo nivel, llegando a la patética entrega de la copa a cuatro manos en el sorteo de diciembre. La sensibilidad apareció mil veces. Se convino que en el nombre del torneo se colocaría Corea-Japón, aunque las promociones hechas en Tokio cambiaron el orden. La inauguración será en Seúl, la final en Yokohama, a media hora de la capital nipona. Como Brasil jugará en Corea, Argentina deberá hacerlo en Japón. Con ese criterio se fueron distribuyendo los 32 países, en la búsqueda siempre del equilibrio. Habrá duplicados de todo. Siempre existe un único gran centro internacional de prensa, radio y televisión. Esta vez habrá dos. Además de 20 ciudades sedes con sus estadios, diez en cada país. En aras de mantener el balance, resultará un campeonato dificilísimo de cubrir Edgardo Broner |
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