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Abril 2002
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La tentación del espíritu Alberto Soria Venezolanos y griegos han sorprendido al mundo, y en forma especial a los escoceses, declarando con la contundencia de hechos convertidos en estadística seria (esa que compara, suma y resta cosas semejantes), que el fraile Cor es, entre las divinidades que pueblan el cielo, nuestro preferido. El único problema es que nadie recuerda quién es Cor, y en cambio sí conoce, por ejemplo, a Don Perignon, a quien también se presume en el cielo, a DOM Benedictine y al Frangélico, al cual nos tememos le sale Purgatorio. Eso constituye una injusticia y un olvido para Cor. Ignoramos cuándo las alcaldías repararán la injusticia inaugurando plazas, calles o sitios de goce público con su nombre, pero para los cronistas del bar y de la mesa resulta evidente que del olvido lo vamos a rescatar pronto, por los hechos que a continuación se narran. Hace 508 años, cuando en el norte de Escocia un hombre con una carga de ocho rollos de cebada tocó la puerta de la Abadía de Lindores, el que abrió no le preguntó qué quería. Miró la carga, cerró la puerta y corrió a buscar al especialista, Cor. Afuera, el campesino se impacientó. Lo que hacía formaba parte del estilo de vida de la región, pero no dejaba de ser una confabulación local. Dos siglos después, a ojos de los ingleses, que eran la corona y por tanto la ley, el monje y el granjero formaban parte de una conspiración centenaria que terminaba en garrafas primero y después en botella. Esa botella, por independiente y regionalista, fue perseguida a tiros bajo lluvia y frío. Aqua Vitae (agua de vida) le llamaron durante un tiempo en abadías y conventos. Para obtenerla se transformaba la cebada en malta y la malta en alcohol. Cuando los ocho bolts de cebada entraron a la abadía, John Cor pagó con unas monedas y lentamente asentó la entrega en el libro donde todo movimiento de dinero se escribía. Esa es la partida de nacimiento del whisky de malta, la primera que se conoce y que consistió en 35 garrafas elaboradas por Cor. Era 1494. Hacía dos años que Colón se había topado con América y cinco que los venecianos habían firmado la paz con los turcos, mientras los otomanos reinaban en gran parte del Mediterráneo. La historia viene a cuento porque hace escasas tres semanas el whisky de malta llegó a Venezuela y comenzó a ser distribuido por toda la geografía nacional. Eso ocurre porque los venezolanos figuran entre los mayores consumidores mundiales de uisge beata (que en gaélico significa agua de vida) que el fraile hizo ingresar a la historia como bebida nacional de Escocia con partida de nacimiento en 1494 y que aquí por las circunstancias de notoriedad, conocemos como nuestro y cercano whisky del bueno. Pero en la realidad, el whisky que habitualmente bebemos es el resultado de la destilación separada y después unida, previa al embotellamiento, de un porcentaje menor de whiskys de malta y uno mayor de whiskys de grano, que nació como estilo de comercialización en 1853 como blended, es decir, mezclado. En el siglo XX el puro de malta regresó al mercado cuando en 1963 la familia de William Grant e hijos, que habían construido la destilería Glenfiddich (Valle de los ciervos en gaélico) y obtenido su primera producción en 1887, apostaron a la personalidad del Glenfiddich como single malt y lo lanzaron al mundo poniendo énfasis en su presencia en las tiendas libres de impuesto de los aeropuertos, después en los negocios de delicadezas y cosas finas, y finalmente en los bares más refinados y en los hoteles de lujo. Allí construyó su carrera hacia la fama este puro de malta elaborado en una sola destilería, que acaba de ser lanzado en Venezuela. Casi con las botellas bajo el brazo llegó a Caracas Patrick Albaladejo (45, francés, experto europeo en marketing) managing director de William Grant & Sons, la familia que por quinta generación se mantiene en la conducción de la empresa, siendo ésta la única que aún permanece en manos escocesas independientes. Esa distinción de los Grant’s la han heredado sus botellas. Número uno en ventas en el mundo y número uno en las exportaciones internacionales de single malt, este whisky tiene atributos de excelencia que le han permitido ganar 12 medallas de oro y plata en las últimas catas comparativas de la industria y ser reconocida por ésta en 1999, 2000 y 2001 como la destilería del año. El espíritu independiente de los Grant’s en el que hace énfasis Albaladejo, se evidencia en el estilo de productos de la compañía y en la tradición artesanal de saberes en el manejo de su Spirit Safe, la caja de control de calidad que permite el análisis de la destilación después que ésta ha abandonado el serpentín de los alambiques. Allí, como un timonel en su puesto de mando, una tradición centenaria, mientras, avanza hacia la modernidad constituida por los nuevos consumidores ubicados entre los 27 y los 44 años y afirma que solo destila con celo, pureza y elegancia.
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