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Noviembre 2002
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El misterioso encanto de la X
Es el signo de la incógnita en los cálculos. Una serpiente cuyo veneno casi siempre es mortal. Un número desconocido o independiente. Y también la letra que se emplea en sustitución de algo que no se quiere o no se puede nombrar. Pero, fundamentalmente, un icono mágico --o, al menos, irresistible-- para la comunicación y, en especial, para la publicidad Aunque el recurso no es nuevo --algunos ubican su origen hace medio siglo--, en Venezuela y en todo el mundo occidental se ve últimamente un auge sin precedentes del uso de la letra equis. Ya no solo tiene presencia en el mundo de la comunicación y el entretenimiento, sino que ahora también sirve para denominar productos y servicios de los más variados sectores. Todo está “invadido” por la equis: títulos de películas, grupos de rock, dibujos animados, campañas de publicidad, identidad visual de empresas, nombres de canales de televisión y hasta cervezas. ¿Es una cuestión simplemente fonética? Sin duda, su pronunciación, y no solo en castellano, recuerda --porque la contienen o porque llevan conjuntos de consonantes que se pronuncian de manera similar-- la de palabras muy vinculadas con aspiraciones: sexo, acción, éxito, excelencia. Sin embargo, hay más: asociaciones visuales (la incógnita a develar en las ecuaciones, la triple equis con que se denomina a lo pornográfico) y hasta otras menos conscientes, como el poder (los rayos X). Tanto como la equis invita a mirar, a probar o a develar lo que esconde, el fenómeno de su utilización creciente en marcas, productos y campañas tentó a PRODUCTO a averiguar el porqué. Valor simbólico Será la equis, tanto como la cruz, un arquetipo? ¿Tendrá ella un valor simbólico incrustado en el inconsciente colectivo, que permita que su visión provoque un efecto similar entre personas de diferentes realidades culturales? Si se toman en cuenta los usos que se le han dado, bien podría pensarse que sí. La forma, el valor fonético y hasta el nombre de la equis, la vigésima cuarta letra del orden latino internacional, “proceden del latín, a través del griego, y en última instancia de un jeroglífico egipcio”, afirma Sergio Zamora en La lengua española. Sin embargo no es este origen compartido el que le ha dado tanta fama a la equis, así como tampoco los Expedientes secretos X o la Generación X. En realidad, su popularidad tiene una génesis mucho más profunda de lo que parece. El artista plástico mexicano Omar Gasca especula que es posible que la equis, así como la cruz, se encuentren en el remanente arcaico debido a que el hombre, en ese universo dinámico y cambiante que le circundaba, descubrió que el cruce de dos líneas era la mejor manera de establecer la posición exacta de un punto. Si no fue así --deduce Gasca--, “de cualquier modo la equis, hermana de la cruz, señal, signo y símbolo, encrucijada, tache y rasgo para expresar la ubicación de un punto, se convirtió de los años 50 hacia acá en la letra favorita de las denominaciones y marcas comerciales que sugerían innovaciones, conceptos científicos o tecnológicos de punta, propiedades altamente curativas y capacidades o atributos de cualquier género, pero sumamente eficaces y ‘últimos”. Y agrega que “si esta letra no es poderosamente evocativa gracias a los Rayos X, a que siempre hay una coordenada o un eje con ese nombre, o a que se le halla en las ecuaciones que nunca entendimos en la secundaria y que por lo tanto jamás despejamos para que el misterio se mantuviera irrevelado, lo es porque con ella se escriben sexo, clímax, éxito y excelencia, o sea, junto con el dólar y el automóvil, los dioses de nuestro tiempo”. Del cielo a la tierra Ya no es solo que la cruz y la equis hayan venido enlazándose desde tiempos remotos, como dice Gasca, sino que también, y a juzgar por las reflexiones de Humberto Valdivieso, director editorial de la revista Logotipos y profesor de semiótica y arte europeo en las escuelas de Comunicación Social y Letras de la Universidad Católica Andrés Bello, respectivamente, han intercambiado papeles en distintos momentos. Baste mencionar el caso de la Cruz de San Andrés, en forma de quiasma, a la cual este apóstol fue atado y condenado a morir tras varios días de agonía y que hoy es conocida como la Cruz de San Andrés. Esa equis es la que hoy figura en la bandera de Escocia y constituye el símbolo nacional de ese país. La misma asociación era frecuente entre las culturas precolombinas mexicanas y centroamericanas, en las que la cruz en equis se vinculaba con la imagen de pirámides planas invertidas como símbolo distintivo de lo enigmático y lo superior. Llama la atención que la connotación religiosa de la equis, por asociación con la cruz, también traiga aparejada --y que no suene a blasfemia-- una inevitable carga de sugerencia erótica. Así lo asegura Valdivieso o, mejor dicho, Sigmund Freud, a quien aquél cita: “El primer ornamento que surgió, la cruz, es de origen erótico. La primera obra de arte, la primera actividad artística que el artista pintarrajeó en la pared, fue para despojarse de sus excesos. Una raya horizontal: la mujer yacente. Una raya vertical: el hombre que la penetra”. No hay que fustigar a Freud. Total, su apreciación no es ni original ni reciente. En el Diccionario de la Sexualidad Sagrada, Rufus Camphausen lo menciona cuando dice que la crux ansata (la cruz egipcia o Ankh), considerada como la precursora de la cruz cristiana, representa la unión de las energías masculina y femenina, y asimismo asegura que “el simbolismo macho-hembra también es inherente a la cruz cristiana, donde la línea horizontal representa el polo femenino de la tierra y la vertical significa las fuerzas activas masculinas del cielo, casi como si uno hubiese introducido verticalmente una línea yang cerrada del I Ching en una línea ying abierta”. Y de nuevo entre las culturas precolombinas, dos serpientes cruzadas en forma de equis, con las cabezas hacia arriba, indicaban la doble lanza de Eros: él y ella en el trance amoroso. Resulta paradójico que esta sublimación del sexo, a la que fueron tan afectas las culturas sagradas, resultara maniatada por órdenes sociales y, sobre todo, religiosas. Y la letra que se usó para vetarla fue justamente la equis. “La letra equis tiene connotación de prohibido”, opina el sexólogo Rubén Hernández. Y explica: “Por eso se la asoció con todo aquello que era rechazado, difícil de comprender. Las clasificaciones del cine porno, ‘X’ o ‘XXX’, según sea el contenido pornográfico, así lo demuestran”. En este caso sucede lo mismo que con la equis y la cruz, sólo que esta vez, con la equis y el sexo: la sala X (según el diccionario de la Real Academia Española, aquella en la cual se proyecta el cine pornográfico), el mismo cine X o XXX, según sea el caso; los miles de “buscadores X” en la internet (como MinisterioX.com, por ejemplo), dan cuenta de la capacidad evocativa de la letra equis en lo que al sexo respecta. Cuestión generacional En la edición del 7 de marzo de 1964 del periódico estadounidense The New York Times, una nota anunciaba que Cassius Clay, en aquel entonces el campeón mundial de peso pesado, se había convertido al islamismo y, al igual que Malcolm X, había decidido cambiar su nombre por el de Cassius X Clay. En ambos casos, la X tenía una profunda carga conceptual: para Malcolm X, la sustracción de su identidad, el apellido real que no conocía; para Cassius Clay, más tarde Muhammad Alí, un reproche (bastante más transitorio que el de Malcolm Little) ante la esclavitud. No hay que decir que los sucesores contemporáneos de estos dos líderes negros no han estado motivados por tan utópicos ideales. Pero, ¿quién podría asegurarlo? A fin de cuentas, como dice Valdivieso, es probable que la fascinación por los símbolos de la cruz y la equis se deba en parte al recuerdo arquetipal que se conserva de ellos, así sea de forma muy inconsciente, y a la manipulación que la cultura de masas le ha dado. Aquí hay una larga lista de nombres por mencionar: desde el Profesor X, de la famosa serie de dibujos animados X-men, hasta “los equis”, como se conoce cariñosamente a los miembros de la Generación X, descrita por el canadiense Douglas Coupland en el libro homónimo publicado en 1991; hay de todo en esta viña. Por cierto que la generación de Doug (quien, vale decir, se ha convertido en asesor de Steven Spielberg gracias a sus profecías sociológicas) ha sido toda una revelación para el mercadeo en función del objetivo; tanto, que han comenzado a descifrarse las actitudes generacionales para planificar los medios. Los equis que describe Coupland son irreverentes, rechazan lo convencional y han crecido en hogares disueltos, teniendo por ello desde muy jóvenes una carga de responsabilidad familiar. Mientras los Baby Boomers de la generación anterior crecieron escuchando “Son las 10 de la noche, ¿sabe dónde están sus hijos?”, los X lo hicieron con: “Son las 6 de la tarde, ¿sabes dónde están tus padres?”. Eruditos del video (vieron nacer a MTV), son defensores del medio ambiente, independientes, personalizan las marcas y, por sobre todo, aman la publicidad como entretenimiento. Para ellos los zapatos deportivos comenzaron a llevar nombre y apellido, y los teléfonos celulares fueron cada vez más cómodos y pequeños. John Fabio Bermúdez, de 39 años, era todo un equis cuando engendró a su hijo más desarrollado, el Circuito Radial X, por allá por 1993, en pleno apogeo del universo Coupland. “Yo quería un símbolo para la radio porque todas las emisoras tenían nombre y apellido”, asegura. El símbolo terminó siendo una equis amarilla sobre fondo negro. Si esa no era suficiente razón para ser catalogado como un producto de la generación sarcástica, sí lo es el argumento final: “El origen del nombre fue un acto de rebeldía”, dice, y explica: “Siempre trabajé en emisoras sajonas y no entendía cómo era que en emisoras supuestamente juveniles se oyera una música que no tenía nada que ver con la juventud venezolana. Fue además un momento importante, porque en 1993 la música latina daba unos pasos agigantados, con muchas fusiones, y en ese entonces también había una movida muy fuerte con la generación X”. Palabra cierta. Cibelle Cruz
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