Junio 2003
Editorial
Resistir es el juego

Si se aparta el cáncer aparentemente incurable que representa Fidel Castro para la pobre Cuba, nunca ha habido en América Latina un gobierno tan claramente destructor de la economía de mercado y los valores del capitalismo, como el de Hugo Chávez Frías. Ni Salvador Allende en Chile (perdón por la comparación) que también fue democráticamente electo; ni los dictadores militares izquierdistas Juan Velazco Alvarado, de Perú, y el fugaz Juan José Torres, de Bolivia; y menos aun los absolutistas vitalicios como el duo Castro/Gómez en Venezuela, Anastasio Somoza en Nicaragua o Alfredo Stroessner en Paraguay.

Los últimos, en todo caso, fueron como la mayoría de los generales golpistas que, en nombre del anticomunismo --apoyados por el Pentágono y entrenados en la Escuela de las Américas de Panamá-- asolaron en los 60 y 70 a casi todo el sur del continente: eran profundamente represores en lo político y pseudo liberales en lo económico. Los negocios eran casi siempre por ellos, con ellos y para ellos. Pero estaban permitidos.

En la Venezuela actual, en cambio, parecen estar prohibidos. Incluso para los "simpatizantes del gobierno", cuya fórmula más común para hacer negocios es fungir como comisionistas o intermediarios. Se quedan con vueltos millonarios, pero --con alguna excepción, que confirma la regla-- casi nunca montan fábricas, talleres, bancos, automercados, tiendas, empresas turísticas, organizaciones de ventas o cadenas de distribución. Mandan a invadir fincas, pero no siembran ni crían. Les encanta hacerse ricos, pero no saben como generar riqueza.

Es que en ellos priva el dogma del estatismo intervencionista y cercenador del gobierno, que obliga al credo de la política clientelar, amenaza y castiga a la empresa privada, tiene secuestrado el dólar, detenidas las tarjetas de crédito, amenazadas las exportaciones, inutilizado el crédito y suspendidas las importaciones que no pasen por Cuba, lo que representa todo un record Guinnes: un país embargado desde hace más de 40 años por casi todo el mundo, actúa como agente comprador de Venezuela, que tiene todas las fronteras abiertas en el comercio mundial.

El gobierno denosta a la mayoría de los industriales, comerciantes, profesionales, banqueros y dueños de medios. Los difama como "golpistas, traidores y saboteadores". Los desprecia, desaira, injuria y amedrenta con alicates y leyes mordaza. Pretende impedir el trabajo creador y desaminar toda inversión productiva. Chávez ofrece números muy buenos en su objetivo de acabar con el modelo capitalista: más de 20 % de desempleo, 53 % de empleo informal; el PIB 23 puntos abajo este año (la última crisis de Argentina lo hizo descender 11 % y fue una catástrofe); una devaluación real de 290 % desde febrero de 2002; casi 2000 fábricas cerradas sólo en este año según Conindustria, mientras la fuga de talento es lo único que crece a diario, además de la pobreza.

Pero, para su pesar, esa catarata oscurantista ha generado --además de los peores indicadores económicos de la historia venezolana-- una capacidad de resistencia fenomenal. Frente a la empecinada intención del Presidente, la empresa privada padece pero se niega a morir, sufre y muerde la bala, aguanta, respira debajo del agua. Sabe que es obligatorio resistir. Pelear para lograr que los tiempos cambien. Con paciencia. Rogando para que el enemigo prosiga por el camino incorrecto: igualando para abajo. O lo que es lo mismo: escupiendo para arriba. n


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