Dicen que el "Papa peregrino", que para muchos cambió el rumbo de la historia universal, dejó una huella más que indeleble: puentes de tolerancia entre quienes ven el mundo con ojos diferentes

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El último viaje

 

El pasado 2 de abril, a las 9:37 pm, hora de Roma, muere Juan Pablo II, en el mismo edificio donde 26 años atrás, desde la chimenea de la Capilla Sixtina, brotaba humo blanco para anunciar al mundo que había nuevo Papa. Poco después, el vocero del cónclave tuvo dificultades en pronunciar su nombre: el cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia.

Casi nadie había oído hablar de él. Y nadie imaginaba tampoco que el Papa más joven del siglo (tenía 58 años de edad) y el primero en romper la tradición italiana desde 1552, batiría más de un récord durante sus años de pontificado.

Como el mundo era más ancho que el Vaticano, hizo maletas al menos cinco veces al año para recorrer todos los rincones del planeta, menos Rusia, Irán y China, sueños que todavía conservaba cuando lo sorprendió la muerte. Fue tanto lo que se acercó a los pueblos, que llenó estadios y grandes zonas descampadas cual si fuese una estrella de rock. Con el tiempo se llegó a decir que el líder más carismático de la historia contemporánea de la humanidad no hablaba desde un podio sino desde un altar.

A los 20 años ya había perdido a toda su familia y cuando lo sorprendió la ocupación nazi, tuvo que picar piedras en una cantera para no ser deportado de Polonia. Estudió teología en secreto, tras la suspensión de la enseñanza religiosa en su país. En 1946, después de la II Guerra Mundial, ya era sacerdote.

Había nacido en Wadonice, un diminuto pueblo de Polonia, donde estudió actuación, lo que, sin duda, le sirvió para dominar los gestos y la palabra –casi en cualquier idioma, pues dominaba 12 y entendía unos 20–, rasgos que revolucionaron la historia de un Estado que, con menos de un kilómetro, es considerado el más hermético, pero también el más poderoso del mundo.

Fue el primer Papa en visitar el campo de concentración de Auschwitz, el único en ingresar en una sinagoga (Roma, en 1986), en visitar una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, mayo de 2001) y el único en rezar en el Muro de los Lamentos, lugar sagrado de los judíos. Y es que en un planeta donde aparentemente es tan difícil aceptar las diferencias, Juan Pablo II pasará a la historia por haber reconciliado pueblos, tendido puentes entre las religiones y haberse acercado justamente a quienes no comulgaban con sus convicciones.  Más allá del terreno espiritual, sorprendió al mundo al hablar con líderes tan polémicos como Yasser Arafat, Muhamad Kadafi o Fidel Castro. Además, medió en el conflicto fronterizo entre Argentina y Chile, visitó Gran Bretaña durante la guerra de las Malvinas y fue el único Pontífice en presentarse –en dos ocasiones– ante la asamblea general de la ONU.

Desde que se sentó en el Trono de San Pedro, se enfocó en los pueblos detrás de la "cortina de hierro". Tanto, que para los analistas internacionales su apoyo al movimiento Solidaridad en Polonia fue clave para la caída del comunismo en Europa. Para otros, el mejor de sus legados fue haber entrado en la celda donde estaba preso Ali Agca, el turco que atentó contra su vida en 1981. Pero además de perdonar, pidió perdón más de una vez: la primera fue en Grecia ante los líderes de la iglesia ortodoxa por los pecados de los católicos, entre ellos el saqueo de Constantinopla. En 2000 lo hizo por las acciones del Vaticano en la historia.

No obstante, también fue un líder más que controversial. Juan Pablo II, el Papa más abierto a los desafíos del mundo, considerado un libertador en lo político, fue a la vez sumamente cerrado en lo dogmático. Muchos le critican que no se haya abierto a la contemporaneidad y que haya sido tan inflexible en su postura contra el aborto, el divorcio, la eutanasia, los métodos anticonceptivos, el ordenamiento de la mujer e, incluso, el matrimonio entre homosexuales. Aún así, en épocas tan poco espirituales como la actual, lograr que el mundo entero lo llore es una más de las insuperables hazañas del Papa viajero. No en vano, muy pocos hombres pueden contar con el privilegio de ser bautizados como "El Grande".

 

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Papa amigo

Mientras los jefes de Estado de todo el mundo –impecablemente vestidos con trajes de luto y con discursos leídos– rendían homenaje póstumo al Papa Juan Pablo II desde sus sedes de gobierno, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ordenaba cinco días de duelo nacional, no sin antes detenerse a comentar –en manga de camisa– anécdotas sobre el "Papa amigo".

"No hay democracia verdadera sin justicia social", repetía Chávez al recordar una de las frases del Sumo Pontífice, a quien –señalaba con orgullo– pudo visitar en el Vaticano en dos ocasiones. A modo de chiste también recordó: "La última vez, ya despidiéndose, me dijo: Chávez, pórtese bien".

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