Perfil + 61 años

Adultez anticonsumo

Los valores culturales imperantes en la sociedad desdeñan las etapas adultas de la vida, por temor a la vejez. Olvidan que la "la tercera edad" libró soberbias batallas en su juventud

La esperanza de vida mundial se incrementó desde el siglo XX gracias a la urbanización y a las mejoras sanitarias. En el mundo existen aproximadamente 600 millones de adultos mayores y se estima que para el año 2020 serán mil millones. En Venezuela, la población que sobrepasa los 60 años --según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas-- asciende a poco más de 2 millones, lo que representa 7,5 por ciento de la población total. La esperanza de vida en el país es de 70 años.
La tercera edad carga con el estigma cultural de ser "la etapa final de la vida". Por ello, pesa sobre el adulto mayor una sensación de minusvalía. Es cierto que el envejecimiento del organismo generalmente plantea problemas médicos, psicológicos y sociales que afectan al individuo y a su comunidad. Pero psicólogos nacionales e internacionales coinciden en que las sociedades contemporáneas exageran, haciendo de los individuos en este proceso --por demás inevitable en el ser humano-- seres dependientes, a quienes constantemente se les recuerda la necesidad de descansar. Esto esconde el terror de la cultura moderna por el envejecimiento. Por eso las cremas milagrosas antiedad y las operaciones para borrar arrugas y la flacidez del cuerpo son tan populares.
La psicología aconseja ver la vejez como una etapa más de la vida, no como una enfermedad. En la mayoría de los casos, el adulto mayor sano quiere dar protección más que recibirla, pues su perfil psicológico se caracteriza por la hipermadurez. En las sociedades antiguas, la senectud poseía el valor de "sabiduría", que perdió cuando el paradigma moderno decretó la búsqueda de la inmortalidad.

Perfil con historia
Se considera adultos mayores a los nacidos antes de 1942. Es decir, los que fueron jóvenes entre los años 40 y los 50. Su vida comenzó con la II Guerra Mundial, que se extendió de 1939 a 1945. Nacieron durante un aparente clima de calma política en Venezuela --entre 1935 y 1945--, durante el cual se sucedieron las presidencias de Eleazar López Contreras y de Isaías Medina Angarita, quienes impulsaron cambios democráticos en el país, tras la férrea dictadura del general Juan Vicente Gómez. Irónicamente, la jefatura de Marcos Pérez Jiménez truncó el camino que se había iniciado hacia la democracia.
Como es de esperarse, es una generación de silencios, donde los jóvenes no debían hablar, sino obedecer ciegamente a sus mayores --quizá con la flamante excepción de los estudiantes de la famosa Generación del 28, que se opusieron a Gómez y posteriormente formaron los primeros partidos políticos democráticos de la historia nacional.
Para comprender a esta generación hay que tomar en cuenta los libros icónicos de la época: Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y Las Lanzas Coloradas, de Arturo Uslar Pietri, ambos publicados en España entre 1929 y 1931. Estos escritores se involucraron después en la política y, en el caso de Arturo Uslar Pietri, en la publicidad. Las piezas representan el amanecer de la literatura venezolana de talla universal. Además, tienen expresa la vocación positivista de la filosofía de esa era, caracterizada por la búsqueda de la racionalidad en todos los aspectos de la vida. Esta manera de ver el mundo influyó incluso en la forma de consumir de esta generación, que antepone los atributos comprobados de un producto a la moda y a las celebridades que puedan ofrecérselos.
La influencia de la literatura, en ese entonces, era muy grande, pues el desarrollo de los medios de comunicación se limitaba a algunos diarios --pocos eran de circulación nacional-- y a la radio. Por eso, la publicidad que mejor funciona para estas edades es la impresa y la radial, con mayor peso de la primera que --por venir en los periódicos-- la asumen como si tuviera mayor credibilidad.
La sociedad de consumo no existía en esos años. Ni siquiera había marcas de moda. La primera boutique internacional, Cristian Dior, abrió en la avenida Francisco de Miranda a principios de los años 50. La dirigía Margot Boulton de Bottome. Entonces las criollas no se vestían de firma, existían apenas algunas tiendas que traían ropa del extranjero que compraban sin fijarse mucho en quién las producía.
Hasta entonces las vanidades caraqueñas se limitaban a la compra de perfumes en el extranjero. La tradición de los "encargos" comenzó en la época, cuando a los viajeros se les pedía "un perfumito".
Carlos Rivas, psicólogo de la Universidad Católica Andrés Bello, explica que hasta entonces la vida se caracterizaba por la certidumbre de roles preestablecidos. "Nuestros abuelos estaban protegidos por la sensación de que existía un modo de ser con guiones. A medida que pasan los años, las nuevas generaciones están más desencantadas, son más cínicas y creen menos en realidades trascendentes".

Michelle Roche

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LUJO DE MEDIO SIGLO
La dictadura de Marcos Pérez Jiménez representó la explosión del consumo en Venezuela. La bonanza petrolera abrió plazas de trabajo para las mujeres que aprendieron por radio que durante la II Guerra Mundial las norteamericanas habían trabajado para asegurarles a sus esposos un país próspero. Comenzaron a emplearse en las compañías extranjeras que proliferaron gracias a la explotación del crudo. Ello impulsó el desarrollo de los electrodomésticos, que sustituyeron sus labores hogareñas. La Harina PAN data de la época. Hasta entonces, hacer maíz molido para la arepa implicaba casi dos días de trabajo.
Los lugares de socialización eran las fuentes de soda, donde aparecían los últimos artículos de consumo, al son de la música anglosajona en los "picó". El típico programa dominguero caraqueño se limitaba a ir a misa y tomar helados en el Chicote, que feneció cuando se construyó el hotel Tamanaco. Por las noches se bailaba en el Pasapoga, enclavado en la esquina de Madrices a Ibarra, hoy intransitable


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