"Soy una decodificadora de la realidad social. Transfiero lo que veo, siento y respiro en imágenes propias, trazos y líneas que van armando la estructura de aquello que somos como país"

Rayma Suprani

ENTREVISTA

 

Denuncias a trazos

 

 

Mafalda se hizo mujer y se llama Rayma Suprani. Quienes "leen" sus ilustraciones la conocen como Rayma a secas, tal como nadie sabe cuál es el apellido de esa niña argentina con preocupaciones existencialistas, personaje inmortal de uno de los genios de las tiras cómicas: Joaquín Salvador Lavado, Quino. Desde pequeña, Rayma leía los cuadernillos del dibujante argentino que su madre le regalaba. Anécdota que contiene las influencias más profundas de su vida: su mamá y Quino.

La primera, cuya obsesión era tener un hijo músico, la introdujo al mundo del arte. "Luego de llenar la casa de instrumentos, se dio cuenta que ninguno de sus hijos tenía oído", comenta Rayma sonriendo. Pero entre los implementos de la frustración musical desperdigados por la casa se alzaba una pizarra en la que Rayma pintó sus primeras sátiras. "Me desarrollé hacia lo gráfico. La vida te conecta con la expresión, cualquiera sea la rama del arte que desarrolles. Y yo pude unir la mía al periodismo".

El segundo, Quino, "es Dios", dice Rayma con profunda seriedad: "Deberíamos lanzar al espacio sus libros, para que si esta cosa que llamamos humanidad explota un día sólo queden esas publicaciones como testimonio. Así, otras formas de vida que vengan después descubrirían que valíamos la pena".

El caricaturista argentino le mostró desde temprana edad la visión sarcástica del mundo que hoy traza cada día en sus viñetas para el diario El Universal y en sus tiras cómicas para la revista dominical Estampas. "Quino conectó los sentimientos, las rabias y las frustraciones de América Latina y los volvió universales. Cuando el artista trasciende se convierte en un clásico sin fecha de caducidad, pues cuenta todo eso que nos afecta como seres humanos".

Rayma es una persona de obsesiones: el artista debe ser un ser completo y el humor un vehículo de liberación social. Su "integralidad" se observa en su casa, en los afiches de museos europeos, en su abarrotada biblioteca y en la mesa de su comedor, donde libros de Ítalo Calvino y Umberto Eco evidencian su preocupación por las acepciones académicas de la estética y los discursos tras los íconos de los medios masivos.

Mientras habla, un minicomponente interpreta arias de la ópera Carmen, cuyas notas otorgan a su hogar –y estudio– el aura de un centro de culto. El periodismo le aporta a sus obras la preocupación por lo social. No busca arrancar carcajadas obvias, sino dar cachetadas de realidad: "Hacer reír no es fácil; dentro de la caricatura debe haber una idea implícita".

 

Rayuelas cotidianas

La metáfora de Mafalda se cumple con fuerza cuando Rayma habla de su arte. Desdeña el mundo adulto, porque sabe que de sus impresiones pueriles sale lo mejor de su trabajo. Le gusta que sus composiciones sean lúdicas. "Dentro de cada uno de nosotros hay un niño que muchas veces matamos, porque cuando crecemos tenemos que ser personas serias. No me interesa la visión de los adultos; siempre me han parecido un poco aburridos. Creo que ser niño es fundamental para conectarse con la creación".

En la redacción de El Universal, Rayma tiene su propio asteroide: un escritorio que recuerda el B612 donde habitaba El Principito, de Antoine de Saint Exupéry. También desde allí crea sus propias metáforas diarias.

Sin embargo, entiende que el cronista no debe mantenerse en una Torre de Babel: "Me gusta trabajar en mi planeta particular; pero es necesario, a veces, ponerse los zapatos de goma y caminar por las cuadras que rodean el centro de Caracas. En el palpitar de la ciudad aparecen las ideas. Sobre eso no se puede teorizar, pero da elementos para trabajar. La verdadera fuente de la sátira es la realidad. Hay que tener un pie en la tierra".

 

¿Cuál es el sentido de las viñetas en los medios de comunicación en los tiempos que corren?

El sentido de la caricatura es denunciar con sátira y humor inteligente los atropellos del poder. Cuando éste tiene un matiz más imponente, la caricatura se convierte en su contrapeso, lo devela frente al lector.

 

En Venezuela existe una larga tradición de humoristas. ¿Cuáles son los retos de la nueva generación que representas?

Cierto, en Venezuela tenemos caricaturistas excelentes. El humor es importante para el venezolano porque es evasivo. Esta no es una sociedad que psicoanaliza; la comicidad es su válvula de escape. El reto de la sátira es acompañar a la sociedad, decodificarla, revelar lo que somos y lo que queremos ser. Mostrar lo que logramos y lo que no. Ello da una visión sarcástica y permite reírte de ti mismo y de los demás. Lo más importante es generar esa risa propia desde lo que somos.

 

¿Cómo se desarrolla ese trabajo en el día a día?

Es una gimnasia de simplificación, especialmente en las manchetas. En mi caso, la gimnasia diaria en la prensa me ayuda a que esa musculatura (que tiene muchas facetas: intelectual, creativa, de trazo y expresión) tenga un fluido constante. Trato siempre de mantener una línea de compromiso con los lectores. Intento crear caricaturas redondas y logradas, pero no todos los días son creativos. El compromiso y la gimnasia creativa permiten que cuando el lector busque la caricatura vea en ella siempre, por lo menos, un aporte lúdico.

¿Cuáles son los problemas del humorismo en los medios, ahora que se imponen marcos legales que restringen la opinión?

—Hay un producto llamado "miedo" en la calle, y cada cual lo compra o no. Todavía en Venezuela hay libertad de expresión, de lo contrario no estuviéramos siquiera haciendo esta entrevista. Pero es preocupante que el miedo se esté imponiendo. Existe una manera enmascarada de decirle a la gente que el libre pensamiento puede tener consecuencias. Eso hace que muchos se autocensuren. El compromiso de nosotros como periodistas y en el caso específico de mi rama, el humorismo gráfico, es mantenerse en el otro lado de la acera del poder y ser crítico a todo lo que ese poder genera. Si el trabajo de los caricaturistas se adhiere a un proyecto político, pierde toda credibilidad. La sátira defiende al más débil y el débil nunca está en el poder.

 

¿Cuál ha sido tu caricatura más difícil?

La tragedia de Vargas. Tener que hacer humor de eso en carne viva me costó mucho, porque no te puedes reír de ese tipo de sucesos. Intenté usar el medio gráfico para levantar la moral de los lectores y darles otro matiz de la tragedia.

 

¿Cómo describes al periodismo venezolano?

La dinámica de vida en el trabajo periodístico es demasiado violenta, cambiante e inmediata, pero es un fenómeno universal. Siempre se está encaramado en la noticia y eso no permite hacer un análisis, pensar hacia dónde vamos. Pero, como comunicadores, esa responsabilidad nos pertenece.

 

¿Qué viñeta te falta por hacer?

Me gustaría trabajar el tema de la ecología. Los seres humanos tenemos una relación absurda y ambigua con la naturaleza. A veces me pregunto quién es el animal pensante en realidad. Cuando vemos la situación del planeta y los desastres climáticos, nadie devela el tema subyacente: el hecho de que lo estamos dañando. El problema es que la ecología no es una materia lucrativa. En Latinoamérica es difícil crear una matriz de opinión a favor de estos temas porque se perciben como elitistas. Un día hice una mancheta sobre Cabré y sus pinturas del Ávila y alguien me comentó que era elitista. No puede serlo. ¿Por qué un niño venezolano no va a saber quién es el pintor que plasmó el Ávila?

 

¿Qué te da mayor satisfacción, las tiras cómicas de la revista Estampas o las viñetas del diario?

Cada una tiene su satisfacción. La mancheta, como la política, lidia con el quehacer de la prensa. Por eso es más dura, agresiva y mucho más fuerte. En Estampas trato de ver a la sociedad con humor negro. El amor y el desamor dan para mucho, porque son la espina dorsal de lo que el mundo necesita. Otro tema es la estética. Lo contemporáneo nos está llevando al gusto por lo plástico.

 

¿Cómo sería una caricatura de Rayma sobre el venezolano común?

Yo haría a la gente saliendo del metro a las siete de la mañana; creo que esa imagen nos representa en positivo.

 

Michelle Roche

 

 

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Historietas

En noviembre saldrá a la venta el último libro de Rayma Suprani. Es una recopilación de viñetas publicadas en El Universal de los últimos años. Bajo el título No hay Rayma que por bien no venga, la caricaturista hace un retrato de la política venezolana, desde el poder y el individuo común, desde el chavismo y la oposición.

El prólogo es de Laureano Márquez.Mientras espera que la editorial española encargada de hacer el libro realidad mande los ejemplares a Venezuela, ya acaricia un nuevo proyecto: cuadernillos temáticos, como los que hacía Quino.

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Ilustración publicitaria

Rayma Suprani estudió periodismo con la idea de hacerse publicista. Pero la vida la llevó primero a trabajar en Economía Hoy y en El Diario de Caracas. Así, cuando llegó a la agencia JMC, ya la había seducido el poder de la noticia.

"El día a día de la publicidad es duro. Muchas veces los productos que se promocionan no son los más apropiados, pero hay que venderlos igual. Eso no me gustó, porque ya venía de la prensa y entendí que no era de esas aguas. Aunque reconozco que hay cosas maravillosas en la publicidad desde el punto de vista creativo".

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