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Una creciente cantidad de managers empieza a usar el concepto "desempeño y salud de la empresa". La metáfora es clara: así como alguien puede hallarse bien hoy, pero no estar preparado para traumas futuros, una compañía puede ser rentable en el corto plazo, sin seguridad de mantener esa condición en un horizonte distinto o más distante |
Gerencia La opción corto versus largo plazo
Nunca es fácil, claro, manejar una organización en tiempos turbulentos o en un contexto inestable. Pruebas al canto: las 12 mayores bancarrotas en la historia del sector privado estadounidense recuerda la publicación on line de negocios McKinsey Quarterly han ocurrido desde diciembre de 2001. Desde hace algún tiempo existen a disposición de los equipos gerenciales instrumentos tendentes a generar planteamientos más equilibrados y promover pensamiento sistémico. Pero esas herramientas se aplican muy mecánicamente (tornándose inefectivas) o se tergiversan, centrándolas en la mera supervivencia o en presiones de accionistas, vía junta directiva. Por supuesto, es importante obtener buenos resultados en el corto plazo. Pero las empresas también deben asegurarse de convertir sus perspectivas de crecimiento, capacidades, activos y sistemas de relación en futuros flujos de caja. Hace poco, una gran compañía europea de servicios financieros descubrió qué fácil se desequilibran los parámetros de desempeño y salud contable. Tras haber llegado a brillantes balances de corto plazo en 2002-2004, advirtió que esos éxitos venían acompañados de una caída en el nivel de servicio a los clientes, una extrema movilidad del personal y un retroceso bursátil. El management sostuvo que el mercado no entendía los logros de la firma. Por el contrario, el mercado captaba demasiado bien la situación: ese éxito se había conseguido a expensas del equilibrio subyacente y el desempeño a largo plazo. Esas conductas tan imprevisoras son lamentablemente muy comunes. En un sondeo hecho el año pasado, la mayoría de ejecutivos entrevistados admitió que desecharía una inversión con aceptables retornos sobre el capital, si ello exigía incumplir metas de ingresos para el ejercicio en curso. De hecho, 80 por ciento de consultados dijo que reduciría gastos en investigación y desarrollo o marketing sólo para satisfacer pautas trimestrales, aunque creyese que esa opción atentaría contra la rentabilidad futura. La misma encuesta demostró que, si bien más empresas hablan hoy de desempeño equilibrado, muchas no evaden lo superficial. Por ejemplo, los tableros de resultados ("scorecards", favoritos para comparar aspectos de corto y largo plazo) consisten, muy a menudo, en mediciones sin conexión entre sí. Por ende, confunden a la organización y no surten efectos reales. Hay un factor que explica el colapso de muchas iniciativas a largo plazo: la tendencia de los gerentes a defender el desempeño de sus compartimientos estancos, en vez de promover acciones concertadas a lo largo de toda la estructura. En empresas segmentadas, pues, los gerentes se pasan discutiendo sobre las bondades de algún parámetro en relación con otros. Esa actitud exporta inútiles debates al resto de la organización y pone obstáculos al cambio. Esa conducta no es deliberadamente malévola, dado que se basa en profundas convicciones sobre el papel y los límites de un ejecutivo, apuntaladas por una idea anacrónica: la compañía es sólo la suma de sus unidades, cada cual con características propias. Por ende, exige ser supervisada con una batería de mediciones y parámetros. Desgraciadamente, esta mentalidad impide una comprensión sistémica y un manejo coherente de las actividades en forma integral. Sin ambos componentes, será difícil un crecimiento saludable.
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