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MERCADOS
El arte que atrae dólares
El mercado del arte en Venezuela, tradicional y cíclico, puede mover unos 10 mil millones de bolívares al año
El emperador Carlos V sentía tanta admiración por Tiziano, que en 1576, cuando el pintor murió a causa de una peste, lo sepultó con grandes honores en la iglesia de los Frari, a pesar de que estaba prohibido enterrar a los apestados en los templos. Cuentan que a Tiziano se le cayó un pincel y Carlos V lo recogió. Ese gesto se volvió anécdota, porque el emperador se sentía orgulloso de recoger el pincel de un artista cuya obra contenía el germen de la inmortalidad. La aureola de Tiziano arropaba también al emperador. Esa amistad explica los disímiles valores implícitos en una obra de arte. De los 25 millones de habitantes que tiene Venezuela sólo medio millón acude a museos y galerías (muchas de las que están en Caracas reciben un promedio de 100 visitas los fines de semana). De ese medio millón, unos 100 mil tienen poder adquisitivo como para convertirse en coleccionistas, y de esos probables compradores un mínimo porcentaje puede adquirir obras de envergadura cotizadas en dólares. Y es que el arte no necesita ser utilitario: vale por sí mismo. Esa es una de las conclusiones más interesantes afinadas desde el Renacimiento. Hay coleccionistas sensibles que saben mirar el arte y reconocen el valor de una obra. Esa relación, difícil de expresar pero existente, es la que determina su interés por coleccionar. Cada pieza de arte es única e irrepetible, se instala en el tiempo. Millones de ojos se cierran, incluyendo los de su autor, y millones de ojos se abren para verla de nuevo. Eso, entre otros factores, le otorga un valor económico. Y hay coleccionistas por interés económico, porque existen piezas cuyo valor en dinero crece, como ocurre con algunos metales preciosos, con gemas escasas o con terrenos y edificaciones bien ubicados. Es como tener un BMW o un reloj Rolex que hacen parecer a su poseedor exitoso y diferente, aunque no lo sea. Lo mismo sucede con ciertas firmas: hay obras que dan prestigio. Los coleccionistas con estas características adquieren arte por su valor social. Lo cierto es que es un mercado que, aun cuando se mueve por tradición, es cíclico, pues lo afectan los vaivenes de la economía y de la política. Y aunque han vivido tiempos mejores, muchos galeristas coinciden en que en estos últimos años el negocio ha experimentado un repunte; para otros, sencillamente se ha mantenido estable. Lo que nadie duda es que en 2006 el exceso de liquidez y la baja rentabilidad de los intereses de la banca han apalancado este mercado con un alza que se refleja incluso en el número de subastas de casas especializadas (se realizan hasta 14 al año, más las que se hacen por internet) o en la participación de la Feria Internacional de Arte (FIA), que este año contó con 37 galerías. En 2005 fueron 30.
Una opinión Eddy Reyes Torres, que se desempeñó en el BCV como segundo vicepresidente y trabajó en la Corporación Andina de Fomento, es coleccionista de arte venezolano y escribe sobre la intimidad de los pintores y escultores en sus talleres. Reyes analiza el caso de ciertos pintores cuya obra es de un elevado valor artístico y, sin embargo, los precios de sus piezas no tienen relación con esa realidad. "Mario Abreu y Emerio Darío Lunar son dos ejemplos de esa arbitrariedad", dice. También comenta lo que ocurre con Miguel von Dangel, uno de los artistas latinoamericanos más importantes de la actualidad, cuya obra "es muy fuerte" y por ese motivo no es de las que se mueven fácilmente en el mercado. En su opinión, son pocas las obras cuyo alto valor artístico se ve reflejado en la cotización y en la demanda. En este sentido menciona a Jesús Soto, Carlos Cruz Diez, Luisa Richter y Manuel Quintana Castillo. En su opinión, la situación política afecta el mercado del arte que, además, es muy pequeño. Los coleccionistas sienten temor ante la posibilidad de que surjan leyes bajo las cuales puedan ser pechados los objetos de valor. Desde sus inicios, el coleccionismo venezolano se ha caracterizado por ser más amplio que en otros países de América Latina. En Venezuela los coleccionistas están abiertos al gusto internacional y han adquirido obras de artistas que se han destacado en el continente. Pero según Reyes, en definitiva, el tema tiene que ver con la sensibilidad y la formación cultural”. Los mejores coleccionistas son los judíos venezolanos, quienes se educan en colegios como el Emil Friedman, donde las materias artísticas están presentes todo el tiempo”. Los nuevos ricosEn los últimos años los cambios políticos han generado nuevos ricos, pero también nuevos pobres. Ese es un comentario permanente, aunque siempre ha existido la posibilidad de que la riqueza se renueve, lo mismo que la pobreza. Hay quienes piensan que están apareciendo coleccionistas de arte diferentes, que estarían comprando obras a diestra y siniestra, sin demasiado conocimiento de lo que hacen. Seguramente hay unos pocos recién llegados con esas características, pero es más probable que el "nuevo riquismo" prefiera adquirir casas, apartamentos, acciones en clubes, automóviles de lujo y joyas, aseguran los entendidos. Por el contrario, muchos coleccionistas que se iniciaron en los años 80 y 90, al verse afectados por la situación económica, han echado mano de sus obras. Por eso han proliferado las subastas, donde los precios disminuyen en vez de consolidarse y aumentar. Los pintores venezolanos, en su mayoría, han estado sufriendo esa especie de reciclaje: sus piezas anteriores pasan de mano en mano en las subastas, y las nuevas permanecen en una especie de limbo. Lo mismo ocurre con las galerías de arte. Se venden las exposiciones puntuales, las muestras de artistas que son "un tiro al suelo", como Oswaldo Vigas, Quintana Castillo y Mateo Manaure, cuyas obras más representativas oscilan entre los 40 y los 100 mil dólares, como mínimo. Los galeristas Tomas Kepets, un galerista con fama de buen ojo para el arte, prefiere que la gente aprenda a valorar la expresión artística por lo que es y no por lo que representa económicamente. Está consciente de que hay cuadros y esculturas que definitivamente son una buena inversión, pero insiste en que lo más importante es que la gente disfrute el hecho creativo. En la galería Medicci, que dirige, produce materiales informativos en esa onda y, junto con pintores de renombre que representa, muestra también a artistas poco conocidos en Caracas, como el pintor fauvista de La Victoria, José Caldas. Los galeristas tienen que promover a los pintores y defender el valor económico de sus obras. Dependen de ello. En Venezuela, como en cualquier otro país, ha habido conflictos entre pintores y galeristas pero, a la larga, se han ido limando asperezas, porque el galerista honesto representa un obstáculo para los falsificadores de arte, que los hay. Lo que las galerías venden y promueven no es una mercancía común, aunque requiera de compradores. Actúan como distribuidores de objetos que son significativos por su alta calidad cultural y espiritual. Saben que esa calidad es como una alquimia que se traduce en valor económico y, por eso, prefieren a los pintores que se toman más tiempo en la creación de sus obras. Mientras menos piezas existan de un artista, más valor tienen en el mercado. Tal vez por esta razón se ha llegado a creer, erróneamente, que la muerte de un pintor es un mecanismo instantáneo que al día siguiente del sepelio se catapultan los precios de sus obras huérfanas. José Pulido
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