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GASTRONOMIA
Algo más que mesoneros Comencemos por el principio: la clientela. Sin comensales no hay oferta en el negocio de la restauración. La clientela es poderosa. A veces antojadiza y voluble como una mujer fatal; a veces docta y enterada como un catedrático. A veces monotemática y a ratos buscando sorpresas. Por esto, para probar, es común que se visiten los sitios nuevos y de moda, para después hablar de ellos y migrar. Esta es la razón por la cual todos los años se abren decenas de restaurantes que, pasada la bandada migratoria, deben cerrar.Así, la clientela hace lentamente ricos y fabrica rápido pobres. En la decisión, la cocina atrae y el servicio espanta. En los zapatos del cliente La clientela se queja del servicio en los restaurantes. Hay mesoneros antipáticos que no te ven. Están los distraídos que nunca saben quién pidió qué, o que no advierten que hay que retirar los platos. Por último me dicen están los pegajosos, los excesivamente amables, los que te atosigan sirviendo vino y los que invaden tu privacidad. El perfil ideal de servicio lo manejan sólo los propietarios volcados a la sala y los profesionales. El cliente quiere que lo atiendan con prontitud, cordialidad y educación. Con discreción. Y fundamentalmente, que no lo engañen. "Servicio lento, descuidado" es la frase más frecuente. Una sentencia filosa que acaba con los locales. Nadie frecuenta tres veces un restaurante donde la cocina sea buena pero el servicio rematadamente malo.
En los del propietario Si le pregunta a 100 propietarios y administradores de restaurantes cuál es su principal problema, responden al unísono "el servicio". No hay escuelas de mesoneros y encargados. Y tampoco vocación. Con los puntos (porcentajes) que sobre las propinas se distribuye una sala, sumado a un salario, en algunos sitios un mesonero puede ganar más que un ingeniero recién graduado. Pero en países tropicales, el oficio es como poco. De fama y reconocimiento goza la cocina, pero jamás el trabajo de los profesionales de la sala. El fenómeno del ostracismo de la profesión es universal. El maestro Vilabella se refería a él en términos tan precisos, que es válido traerlo a colación: "Mientras que los cocineros son valorados con exceso y premiados con cualquier motivo, el personal de sala es olvidado y condenado al ostracismo. Los de blanco se encaraman en los programas de TV, cuentan chistes malos y atosigan a los viejecitos jubilados con complicadas recetas que les prohíbe el médico. Hay cocineros a toda hora en todos los canales. También los hay en la publicidad… ¿Qué hemos hecho, ¡oh, Señor!, para merecer eso? ¿Es que los comensales cualificados no van a exigir que se premie a la gente de la chaquetilla blanca y que exista una adecuada justicia entre los componentes del restaurante?". Cuando se le pregunta a los propietarios sobre el entusiasmo por la profesión, suelen responder: "Las cosas no son como antes, cuando los mesoneros trabajaban para convertirse en propietarios". Inasistencias reiteradas, escaso conocimiento, pocas ganas de estudiar y una altísima rotación provocan dolores de cabeza y úlceras. Escasos son los restaurantes que logran tener por años los mismos profesionales. Como las inasistencias son el pan nuestro de cada día y las aperturas frecuentes, algunos propietarios salen a ver a quién conquistan para cubrir los huecos. Así se cierra el ciclo. Quien sea simpático, jamás queda desempleado. En los del servicioPonerse en los zapatos de los mesoneros y encargados es caminar kilómetros. En los veteranos, los riesgos son pocos pero comunes: sufren las piernas, la cadera, la columna. Cuando se les pregunta, se oyen quejas sobre salarios bajos, porcentajes recortados, jefes que se roban puntos. Los comprometidos insisten en que no tienen centros de formación. En todas las ciudades hay un grupo ávido de conocimiento, con ganas de crecer y esperando reconocimiento. Siempre hemos conseguido esos grupos en sitios donde los propietarios están comprometidos con la calidad. Nunca, en cambio, en los dirigidos a control remoto, ni por muchos socios, sus esposas y sus novias. Dada la importancia de los restaurantes, ya va siendo hora de que el orgullo del trabajo bien hecho vuelva a la sala y empape el comedor. Es imposible que la gastronomía crezca sin recuperar el estilo, sin resucitar la sonrisa y sin un enterado oficio sobre el plato y los vinos de la carta. Eso tenían los antiguos mesoneros. No llevaban y traían platos, sino que, con orgullo, eran embajadores del local y entendían lo elemental: en el nada fácil mundo de la cocina todo se hace para disfrute de la clientela.
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