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GASTRONOMIA
Trago y Siliconas A argentinos, chilenos, españoles, italianos y franceses que desembarcan todos los días con una nueva botella de vino bajo el brazo, se les cae la quijada. A los escoceses, enterados de qué va la cosa por sus largos años de presencia aquí, aún se les van los ojos. No hay guerra por el punto de venta para las botellas como la que se monta en Venezuela En las batallas cotidianas por los puntos de venta mientras se come, se bebe una copa o se busca una botella en las estanterías, la primera baja ha sido la forma femenina natural. Por supuesto, nadie protesta en voz alta. Casi todo el mundo aplaude. La procesión va por dentro. Bajo las mesas, las señoras celosas acaban con los tobillos de los señores mirones. Las clientes bellas ponen cara de fastidio. El comensal enterado se molesta porque su marca preferida ha sido barrida de las alternativas, porque el local ha sido tomado por otra marca que impone su exclusividad. Y los veteranos en el negocio de la restauración observan cómo las multinacionales entregan cada año a otros, decenas de millones de bolívares para que los entrepreneurs abran locales que apenas logran sobrevivir pocos años. La lucha por un espacio y visibilidad (porque de eso se trata) es tan buen negocio que avanza como una bola de nieve. Tenemos ya especialistas en abrir locales sacándole dinero a las distribuidoras de bebidas. En todo el país, una multitud de mujeres hermosas, que no beben, ofrecen tragos con suficiencia. El vino llega junto con las siliconas, pero sin la información elemental de la botella. El whisky se sigue contaminando con montañas de hielo de baja calidad, el vino se sirve en copas infames. Nadie sabe las características de las cepas, ni qué combina con qué. El servicio no mejora. ¡Pero cómo nos divertimos! La belleza nacional le pone pimienta al más aburrido centro comercial, a la más triste tasca, a la más imperfecta caricatura del sushi. En las exitosas parrilladas, entre el humo de punta trasera, los choricitos, el asado de tira y el lomito a la mariposa, siempre asoma la figura y la sonrisa refrescante que enloquece al cliente. Ignoro si los colegas que trabajaron en esta edición lograron establecer parámetros de rendimiento internacional sobre lo que aquí y en otros países pasa. ¡Pero nadie lo disfruta tanto, ni la pasa tan bien, como peleando o defendiendo un punto de venta en restaurantes, clubes, tascas y sitios del on trade en Venezuela! Uno no deja de preguntarse qué pasará cuando la guerra llegue a la parte interna de la barra. ¿Qué ocurrirá cuando boten el barman experto en los tragos de los clientes habituales, que además hace el café y sirve los cocteles a las damas recordando su nombre, sustituido por bargirls, que meneen las cocteleras mientras en el fondo suena Shakira? ¿Qué ocurrirá cuando la abundancia de siliconas perfectas ya no sirvan para diferenciar la distribuidora X que las tiene triple A, de la importadora de los carajitos-punto-com que se atreven con uniformes que exhiben más que lo que tapan. Será como el Carnaval de Río, pero diario, cercano, me dicen los expertos en reclutar belleza e inteligencia. En Alemania y en los países nórdicos, ya llegaron al límite: las marcas están pintadas en la piel de modelos desnudas. Allí, no funciona: Venden poco. Quienes están encantados con la guerra son los del negocio inmobiliario. Las batallas son de tal intensidad que, en todas las ciudades importantes del país, por lo menos un par de calles de una urbanización y dos centros comerciales existen gracias al fuego cruzado entre las distribuidoras y sus marcas por lograr espacios preferentes. La guerra por el punto de venta tiene molestas a las consumidoras femeninas. Nadie les ofrece promotores ni impulsadores sacados del mister Venezuela, ni recluta carilindos y feos, pero musculosos en los gimnasios que sepan diferenciar un chardonnay de un sauvignon blanc y un merlot de un shiraz. Hasta hace poco, la inversión en su estética de las clientas modernas, con personalidad y con dinero les aseguraba unos minutos de silencio y gloria que ya no tienen. Gozaban al llegar y al irse. Esa aprobación justificaba todos sus esfuerzos por la figura perfecta, con dieta infame incluida. Las avanzadas de las distribuidoras, las multinacionales de las bebidas espirituosas y los vinos han empañado ese espejo de la modernidad. Tanto abunda la buena figura, el botox y la silicona que ahora lo que llama la atención es la belleza natural y la falta de exhuberancia.En las guerras por la exhibición y el espacio a veces siente uno que los estrategas se ha olvidado de dos pequeños detalles: El producto y el cliente.
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