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Soy venezolano y no me voy
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Venezolano que fue mexicano Pocos se imaginan lo cerca que estuvo el caricaturista Pedro León Zapata de quedarse en otro país, pero regresó y, desde entonces, por su cabeza no ha vuelto a pasar la idea de partir
Cuando se abren las puertas de la casa de Pedro León Zapata, inmediatamente Dora, una perrita negra, sale a dar la bienvenida. Pero no se limita al simple saludo, te lleva hasta el sofá y espera allí pacientemente mientras el señor de la casa termina su desayuno. En ese momento aparece Rumba, otra perrita, y unos cinco gatos con mirada intimidante. "Son como 10 gatos y en el piso de arriba hay tres perros más", explica Zapata. Su esposa, la periodista Mara Comerlati, es amante de los animales, y más de una vez ha recogido gatos o perros atropellados en la calle.
Entonces le gustan los animales. Sí claro, no me queda otra (responde entre risas). A ella le gustan los gatos; no es que a mí me disgusten, pero no soy yo quien los trae. Zapata y Mara tienen más de 20 años de casados, se conocieron cuando trabajaban en El Nacional y tienen dos hijos, fruto de esa unión. Él tiene tres más de su primer matrimonio, con una mexicana que conoció mientras estudiaba en la Escuela de Arte de La Esmeralda en México. Había recibido una beca para estudiar pintura. Terminó quedándose 10 años.
¿Pensó en quedarse allá definitivamente? Sí, yo era mexicano y actuaba como tal. Era un profesor, nunca me dijeron tú eres venezolano. Incluso, en ese último año que pasé en México hubo una gran bienal de arte mundial con artistas como Jackson Pollock. Paralelamente organizaron un salón de pintura mexicana como para calmar los ánimos, porque los pintores mexicanos que participaban en la bienal eran escogidos a dedo: Diego Rivera, David Alfaro Sequeiros. Y para que los menos grandes no se ofendieran, crearon ese salón. Yo mandé una obra. Luego, uno de los jurados, que además era mi profesor, Orozco Romero, contó que consideraron mi cuadro para el premio, pero resultó que él dijo: "pero hay un detalle, es venezolano y este es un salón para mexicanos". Nadie se acordaba de eso, entonces me dieron una mención. Llegué a ser tan mexicano, que hubo quien se lo creyó. Zapata recuerda que la beca era precaria e irregular. A veces tardaba mucho tiempo en llegar el dinero, entonces comía "fiado" en los restaurantes, sobrevivía con lo mínimo. Al casarse fue cuando empezó a trabajar como profesor de la Escuela de Bellas Artes en Acapulco. Hasta que un día, en efecto, se acabó la beca, pero sin pasaje de regreso. Para completar el panorama, Venezuela estaba en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez, así que veía su regreso como algo muy lejano.
¿Por qué decide regresar si estaba tan aclimatado? La caída de Pérez Jiménez despertó el deseo de estar aquí. Con la dictadura no me daban ganas de regresar. Prefería seguir viviendo en México, pero sin olvidar el país. Con todo y eso de que hablaba y actuaba como mexicano, nunca se me olvidaba que era venezolano. Es como una conciencia que te lo repite siempre y me imagino que eso le pasa a toda persona que vive fuera.
¿Y cómo hizo para volver? El gobierno que vino luego creó un fondo para pasajes para exiliados; todos regresaron porque el consulado les pagó el pasaje. Cuando hablé con el cónsul, le quedaban dos pasajes, y con esos nos vinimos mi esposa y yo. A su regreso fue cuando Zapata se dedica a hacer caricaturas formalmente, primero en un semanario llamado Dominguito y luego en los legendarios Zapatazos de El Nacional. "Pensaba que la caricatura iba a salir una vez a la semana, y de vez en cuando llevaba una, hasta que Ramón Velásquez me dijo: "La caricatura es diaria". Comencé a llevarlas todos los días y me di cuenta de que era un caricaturista con todas las de la ley". Zapata recuerda con cierto asombro que sus primeras caricaturas datan de cuando estaba en quinto grado. "Ahora fue cuando me vine a percatar de que mis primeros dibujos en el periódico Mural del colegio fueron caricaturas. Recuerdo una con gran precisión, porque el Dr. Luis Beltrán Prieto tenía un cargo en el Ministerio de Educación y fue al colegio como inspector. Cuando la vio le llamó la atención y preguntó: "¿Y esto a qué se debe?". El director le explicó lo que quería decir; era una caricatura contra la dirección de la escuela. Qué casualidad; fue la primera caricatura que recuerdo, la primera que fue vista por alguien importante, y fue contra el propio gobierno de la escuela".
Entonces desde niño tenía una visión crítica. Inevitablemente, porque cuando uno hace caricaturas siempre tiene que ser así; si uno está muy conforme con lo bonito que es el mundo, se vuelve paisajista. Cuando uno recurre a caricaturas es porque tiene la necesidad de hacer una crítica.
¿En algún momento pensó en volverse a ir fuera del país? Creo que nunca he sentido deseos de irme de Venezuela. Recuerdo que estuve en París unos tres meses y sí sentía ganas de quedarme; me gustaba tanto. Pero regresé, y me sentí muy bien. Tanto, que no he vuelto a sentir más nunca el deseo de vivir en otra parte. Creo que, con todo y la inconformidad con infinidad de cosas que pasan en el país, donde mejor me siento es en Venezuela. Voy a decir algo todavía más exagerado: así como García Márquez dice que él es colombiano de Macondo, ese puntito que además no existe y que lo ha universalizado, yo, no por imitarlo sino por coincidencia, diría que hay un puntito de Venezuela que es mi Macondo que es aquí donde trabajo: la mesa y el caballete donde pongo los cuadros. Ahí está mi patria, ese es mi país y no me quiero despegar de allí. Mi vida gira alrededor de ese punto donde está mi material de trabajo, donde hay cosas por terminar y donde, además, tengo la posibilidad de hacer algo nuevo todos los días". Mílitza Zúpan
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