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Soy extranjero y sigo aquí
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Expansión en crisis La palabra retiro provoca en Salomón Cohen las más deliciosas carcajadas. A pesar de sus 80 años recién cumplidos, no abandona su empresa, que sigue dejando huellas a lo ancho del país. Su familia y trabajo son las piezas que lo anclan a Venezuela Soy venezolano, venezolano. Todos los días desayuno arepa, y mi plato favorito es el pabellón criollo con todos sus componentes: carne mechada, arroz, plátano y caraotas. Venezuela es el país más fabuloso del mundo". Salomón Cohen Levy pronuncia estas palabras con la firmeza y seguridad de quien está totalmente convencido de lo que dice. Lo sabe porque esta tierra le abrió los brazos a sus padres, inmigrantes que tocaron el suelo caraqueño en 1930, con su primer hijo de apenas dos años. "Mi papá era carpintero, pero la situación no era buena: los sueldos eran miserables y no había industrias. Un amigo le comentó que en América había posibilidades", comenta Cohen, quien nació en Jerusalén. "Cuando realmente abrí los ojos ya estaba en Caracas". Al llegar, su padre abandonó los conocimientos y estudios sobre maderas, clavos y martillos para aventurarse en una nueva ruta: un pequeño negocio de venta de telas, en la parroquia San Agustín. Años más tarde se convirtió en un establecimiento para mayoristas en el centro. "En aquella época no existían ranchos, sino casas de vecindad con una cocina compartida por los inquilinos. Vivíamos humildemente en una habitación, en la parroquia San José. Pero a medida que iban naciendo mis nueve hermanos teníamos que mudarnos, porque los espacios no eran suficientes. Mi padre fue progresando, pero de forma muy lenta, y no con el objetivo de ser rico, sino para mantener a su familia", comenta el fundador de la Constructora Sambil, empresa que levantó las bases de cinco centros comerciales en el país, varios hoteles, urbanizaciones de lujo y hasta edificios en zonas populares. Su realidad actual es muy diferente a la que vivió en su infancia: "Todos los días me daban un centavo y con eso compraba un dulce. Los domingos me daban seis: medio para ir al cine y un centavo para una chuchería". Cohen comenzó a trabajar desde muy joven y así su situación económica cambió paulatinamente. En los últimos dos años de su bachillerato, en el liceo Andrés Bello, impartía clases a otros compañeros y cobraba 10 bolívares por hora. Su fortaleza siempre fueron los números. "Nunca tuve duda de que lo mío era la ingeniería, porque era muy bueno en matemática, física y química. Siempre era el primero o el segundo del salón. Pero también me gustaba mucho la literatura y escribir poesía, aunque ya se me fue la vena. También me encantaba la filosofía, de hecho, comencé ambas carreras en la Universidad Central de Venezuela". Cohen recuerda haber intentado dos veces continuar las dos carreras, pero llegó el momento de tomar una decisión. En 1951 obtuvo el título de ingeniero. Ahí comenzó su pasión por las edificaciones.
Bases de cemento Además de algunos libros como Cuentos Chinos, de Andrés Oppenheimer, lo que más abunda en la oficina de Cohen son los portarretratos. Unos más grandes que otros, exhiben la numerosa familia: seis hijos, un montón de nietos de todas las edades y tres bisnietos son los protagonistas del salón, ubicado en el piso 7 del centro comercial Lido, también de sello Cohen. También cuelga de una pared una fotografía de sus padres acompañados por cuatro de sus hermanos, y otra de su abuelo Abraham. Pero hay una que destaca: el día de la boda entre Salomón y Esther. "Nos conocimos en la Juventud Judía de Caracas y nos enamoramos. Su padre me dijo que ella no se casaba hasta que no tuviera la mayoría de edad. Y el día en que cumplió 18 años, nos casamos", recuerda entre risas. Su suegro fue su primer socio en el camino de la construcción. Una vez culminados sus estudios, decidió comprar un terreno en San Bernardino y hacer una casa. Después se le ocurrió una mejor idea: levantar un edificio, actividad que pudo costear con el dinero ahorrado en sus trabajos en la universidad y en el Ministerio de Obras Públicas, y con el capital que invirtió el padre de su esposa. A partir de ese momento, no se detuvo, ni siquiera en los momentos de crisis económica o política. "Estoy en el sector desde los años 50. Y en este momento estamos construyendo más que nunca. En 2006 se construyó más que en 2005, y en 2005 más que en 2004. Es como el refrán ‘hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana’. Hoy construimos más que ayer, pero menos que mañana". Y así es: además de los centros Sambil de Caracas, Margarita, Valencia, Maracaibo y San Cristóbal, se están soldando las bases del establecimiento en Barquisimeto inaugurado este año, otro en Candelaria que culminará en 2008 y el de Paraguaná, en Falcón, que estará listo en 2009. "Pase lo que pase, aquí estaré con mi toda mi familia, aunque no creo que pase nada. Nosotros trabajamos día a día y en lugar de ir hacia atrás, seguimos avanzando. Aquí, en Venezuela, están todos los míos, y aquí continuaremos. ¿Retirarme? Sí, el día que me muera", finaliza con risas Cohen. Ileana García Mora
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