GASTRONOMÍA

  

El whisky de Soria, por César Miguel



        

A César Miguel Rondón le correspondió presentar el libro Mi whisky, tu whisky, el whisky, que precisamente sobre el whisky escribió Alberto Soria. En esta ocasión PRODUCTO le cedió este espacio, que regularmente dedica Soria a sus gustosas –y no siempre dulces, a decir verdad– crónicas gastronómicas, a lo dicho por César Miguel sobre el libro y su autor. Lo edita Editorial Alfa en su serie gastronómica



Alberto Soria es un hombre serio. En justicia, es un hombre sumamente serio; no exagero si afirmo que es uno de los hombres más serios que he conocido. Un libro de él, por lo tanto, ha de ser un libro marcado por el rigor y la seriedad. En el que nos reúne en esta ocasión, dedicado al fascinante mundo del whisky, uno, acorde con lo anterior, lee párrafos de este tenor:

"El whisky escocés se originó en las ‘tierras altas’ de Escocia, así llamada por sus colinas y cadenas montañosas, para diferenciarla de la llanura de las ‘tierras bajas’.

"Se trata de un área en la que existe un gran suministro de agua pura y condiciones naturales para el cultivo de la cebada. Esa cebada es la materia prima más pura y adecuada para el malteado. Las tierras altas también son ricas en turba (vegetación transformada en carbón mineral) que se utiliza para secar la malta y antiguamente para calentar los alambiques".

Perfecto. Un párrafo limpio y bien redactado que nos ubica rápidamente en la geografía donde nace el añorado whisky. Pero este libro, en la introducción de uno de sus capítulos, apura esta pertinente aclaratoria: "Los escoceses la consideran su bebida nacional… Y los venezolanos también". Y es por ello que, con el mismo rigor y seriedad, Soria nos brinda entonces párrafos como los que siguen:

"Aseguran los antropólogos del bar, que el removedor del whisky venezolano es un aporte al escocés que se adelantó por décadas a una necesidad (...) Antes de que el escocés se posicionara como bebida moderna y de estatus, la duda anglosajona era simple: agua o soda.

Pero cuando Venezuela abrazó al whisky escocés y lo hizo bebida nacional, el calor, la playa, el formato de las piedras de hielo (que no cubitos), y la necesidad de campanearlo, impusieron el dedo como removedor".

Y más adelante una aclaratoria importante:

"…la ortodoxia manda que el dedo removedor sea el índice, y ningún otro.

"El dedo mayor es el más usado por las diferentes sociedades para enviar mensajes de todo tipo. Por tanto, se lo considera poco elegante".

Y así, sin perder la sonrisa ni el asombro, el lector se descubre devorando sin pausa páginas felices e inteligentes de un libro escrito con agudeza, buen gusto y un humor a prueba, inclusive, de escoceses (los nacionales). Es, sin pedirle demasiada licencia a las fórmulas establecidas, una suerte de radiografía del sentir del venezolano común, ese ser irreverente y vacilador que, contra todo pronóstico, saltándose costumbres y tradiciones, ha dejado de lado "al mejor ron del mundo", para ser feliz campaneando, casi de manera exclusiva, su whiskicito.

Y porque es eso, su whisky, es que el libro se titula precisamente así: "Mi whisky, tu whisky, el whisky".

Abunda Soria, a propósito de "mi whisky", en las lealtades inquebrantables que se establecen entre el bebedor y su marca: fidelidad de acero a prueba de todo tipo de campañas publicitarias, y a prueba también de todo tipo de hermosísimas chicas que, en ceñidísimos trajes, nos incitan a la infidelidad en bares y restaurantes. Escribe el autor:

"En Venezuela ‘el whisky que yo bebo’ tiene fundamento. Ha sido probado en una y mil batallas. Ha superado todas las pruebas del ‘ratonómetro’. Ha conseguido compinches fieles que conmigo esa decisión comparten. Y lo que es fundamental, no ha sido rebatido jamás por mi cardiólogo".

Y, hablando del "ratonómetro", he aquí algunas de las páginas más deliciosas del libro. Soria alude en ellas a esa particular categorización que emplean los venezolanos para determinar si un whisky es bueno o no: porque da o no da ratón.

"...Lo que más desconcierta a los escoceses es que el ratonómetro es una sentencia sobre la calidad basada en el exceso. Vanamente he tratado de explicar en los salones de cata internacionales la frase venezolana ‘el otro día, con fulano y sultano, nos bajamos tres botellas de la marca tal y amanecimos enteritos".

Y así como hay espacio para el ratonómetro y el dedo removedor, este libro también hace prudentes advertencias y consideraciones sobre "el puyao". Nos ilustra Soria:

"Se utiliza una aguja caliente para perforar (puyar) el dispensador de plástico e inyectar así el relleno barato. Esta vertiente hace circular ríos de whisky baratón o licor seco de whisky, haciéndolos pasar como whisky ‘de marca’. Cosa que rasca, pero no mata".

El lector de este libro, al final, podrá tener suficientes rudimentos para detectar, gracias a su nariz y sentido común, el tramposo puyao. Acota el autor: "Bajo presión, un experto frente a un trago sospechoso se vuelve abstemio: ‘Gracias, pero estoy tomando antibióticos".

Y en esa larga lista de elementos, picardías y costumbres que hacen del whisky "nuestra bebida nacional", Soria se ocupa también de un aspecto no exento de ternura y solidaridad. Es ese ritual, tan absurdo, como arbitrario y hermoso, que nos lleva a regar el piso, el patio, la tierra, con las primeras gotas de cada nueva botella. Una manera de decir, como en el viejo juego de La ere o El escondite, "¡libro por todos!": bebo a la salud y acompañado por todos los que me precedieron. Por los que no están, pero aquí siguen con nosotros. Ahí empiezan las primeras sonrisas de una botella.

Por supuesto, junto a todas estas irreverencias de la "venezolanidad gozona y bebedora", el libro de Alberto también se convierte en mapa generoso para llevarnos, con la orientación del experto, por toda la geografía del whisky (y no sólo en Escocia); para detallarnos las cifras y los volúmenes reales de su negocio a escala mundial; para develarnos secretos de catas, mezclas y maltas.

"Mi whisky, tu whisky, el whisky", del profesor Alberto Soria, quizá no sea un libro imprescindible para el buen bebedor escocés. Pero sin duda lo es para ese irreverente y sobrado compatriota que ha aprendido a sobrellevar las trampas y sinsabores de la cotidianidad, así como a celebrar sus triunfos y victorias, en el feliz y muy criollo campaneo de su "güisquicito". Después de leer estas maravillosas páginas, el whisky, lo aseguro, le sabrá mucho mejor.

¡Salud!

César Miguel Rondón

Caracas, 2007

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