Opinión
Raúl Lotitto
Lucha social empresarial
Desde que las empresas comenzaron a trabajar en la creación de capital social, entendido no como simple filantropía -que tal vez fue el primer paso- sino bajo la idea de construir valor por sobre los propios negocios, sus límites formales y sus ámbitos directos de influencia (empleados, proveedores, clientes, accionistas, comunidades), comenzó lo que hoy se llama Responsabilidad Social Empresarial (RSE), y que sin duda debe convertirse en la gran bandera en la Lucha Social Empresarial (PRODUCTO dixit, portada del tomo 2).
Es obvio que todas las empresas -y no estrictamente las globalizadas, las temidas multinacionales- deben trabajar cada una en su medida en todos los países del mundo para generar y apoyar los factores hacia una mejor calidad de vida de las sociedades.
Porque la responsabilidad de las compañías en la modernidad, sin importar su tamaño y sin exclusión de actividad alguna, debe ir siempre más allá de la creación de riqueza para los accionistas. Con un planeta agobiado por problemas ambientales, el flagelo de la pobreza, la crisis de agua que vendrá o la angustia por la falta de alimentos que ya existe, las empresas deben actuar por sobre el repicar de su propia caja registradora. Pero sin olvidar que ese repique es clave para que todo lo demás ocurra. Porque el capital social está íntimamente vinculado con la productividad de la empresa privada.
Así, la RSE estalla como una onda expansiva fenomenal, imparable, que afecta positivamente desde el barrio vecino a una fábrica, hasta la nación entera. Hay miles de ejemplos en los países desarrollados, y lo que es mejor, en los que están realmente en vías de desarrollo, como Brasil o Chile, en América Latina; si la empresa privada, el gobierno y el Estado se dan la mano, todo fluye de manera armoniosa. Y el concepto máximo del llamado gobierno corporativo, con su transparencia y sus principios éticos, se impone sin obstáculos, potenciando el fenómeno.
Por eso vale llamar la atención sobre lo que ahora sucede en Venezuela, donde más de un funcionario oficial ha dicho que la RSE "es un invento del neoliberalismo y la empresa capitalista para lavarse la cara". Y en nombre de ese y otros fantasmas, enfrenta a la actividad privada, la transforma en el enemigo, con una política plagada de ataques a los empresarios y al capitalismo, llena de controles sin fundamento (como los de cambio o de precios), y una incesante estatización de compañías que no conduce sino hacia el macro Estado. Con el riesgo que además conlleva implica el autoritarismo político-económico, la omnipotencia oficial y el autismo que niega todo diálogo.
Un estatus contraproducente, porque con Cuba como paradigma, se pretende imponer un proyecto socialista tan próximo al demostrado fracaso de la ex URSS y la China del admirado Mao, como lejano al exitoso modelo de los países escandinavos, que la nomenklatura fidelista -de paso- tanto dice admirar.
El gobierno asume así un modelo que demostró que su bandera no es la productividad, sino la dádiva, y que sigue a pie juntillas, evitando sembrar la renta petrolera y demostrándose incapaz de generar otro valor agregado distinto a la misión limosna, que induce siempre a una demanda perversa e insaciable.
Los gobiernos tienen como obligación -como mandato- bregar por la calidad de vida de los ciudadanos. Pero está visto que no siempre saben cómo hacerlo, y suelen no resistir la tentación infinita del reparto clientelar.
En cambio los empresarios, gerentes, empleados, obreros y ciudadanos que asumen la RSE como política, la entienden como una opción necesaria, entre otras cosas porque requiere de consumidores -o sea, de verdaderos clientes-, que sólo germinan en las sociedades que se educan, laboran y progresan. Y donde existen gobiernos que trabajan codo a codo con la empresa privada en objetivos comunes, desalentando la estúpida paradoja de tener empresas exitosas en sociedades que fracasan.
Ese necesario entendimiento aún no ocurre en Venezuela, pero, sucederá, más temprano que tarde. Tal vez cuando el gobierno comprenda que la bandera de la Lucha Social Empresarial no representa una confrontación ideológica sino el estandarte de un ejército que desea el ganar-ganar y avanza, a paso firme, a pesar de todo, dando su aporte a ese estado de bienestar del que tanto nos hemos alejado en la última década.
Raúl Lotitto
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