Idas y venidas de dictadores, luchas estudiantiles, fundación de partidos políticos, gobiernos de transición, censura, persecuciones, prisión, libertad, participación… Ramón J. Velásquez ha vivido, durante casi un siglo, la transformación de un país al que le costó dolor y sangre de sus ciudadanos consolidar su democracia Buscar información sobre el acontecer nacional e internacional es lo primero que hace Ramón J. Velásquez cada mañana. Y no le basta con leer periódicos locales; Betulia, su asistente, tiene la religiosa tarea de imprimirle las páginas principales de, por lo menos, diez diarios del mundo para que también las revise. El afán por estar informado puede obedecer a su naturaleza de investigador, siempre preocupado por lo humano y el devenir de la sociedad, o, quizás, a la imperiosa necesidad de comprender la situación actual del país, esa que, “tarde o temprano, va a terminar”.
Este hombre protagonista de la historia política de la nación, que hoy pasa sus días en el sosiego de su hogar con hijos, nietos y amigos como visitantes recurrentes, está por cumplir 95 años. Hablamos de un testigo de excepción que ha visto de cerca el transcurrir de casi un siglo de la existencia de nuestro país, y no precisamente desde la silla de espectador; como abogado, periodista, historiador y político, Velásquez ha sido partícipe de esas páginas que aún se escriben de la Venezuela contemporánea. Parlamentario, secretario general de la presidencia de Rómulo Betancourt, ministro de comunicaciones de Rafael Caldera—, diputado y senador… La lista de roles que desempeñó durante diferentes gobiernos es larga, sin embargo, aún se le reconoce su impulso al proceso de descentralización como creador de la Corporación de Desarrollo de Los Andes (Corpoandes) y presidente de la Comisión para la Reforma del Estado (COPRE), formada en los años ochenta.
“Durante el gobierno del presidente Jaime Lusinchi se creó una comisión nacional para reformar la manera de elegir a los gobernadores de los estados. Con esto se logró, que cada región eligiera de su seno a su máxima autoridad y que se aboliera la costumbre de que fuera el propio Presidente de la República desde Miraflores el que los nombrara a dedo, como ocurría antes que muchos de ellos apenas conocían la región que iban a gobernar. Acepté conducir ese proceso de reforma y trasformación política tan importante para el desarrollo de la provincia y el progreso social del país, en ese entones también impulsé reformar la Ley Municipal para que se creara la figura institucional del alcalde de cada ciudad, y así se hizo”, dice.
Son muchos los aportes de Velásquez en la modernización institucional de la estructura del Estado, pero, sin duda, el mayor reto como político le tocó vivirlo cuando Carlos Andrés Pérez salió abruptamente del poder y él asumió el Gobierno de transición. Al reflexionar sobre aquellos días, Velásquez recuerda los conflictos internos del partido blanco (AD) que, a su parecer, fueron claves en el desarrollo de los acontecimientos posteriores que lo llevaron a Miraflores. “Él (CAP) escogió a la mayoría de sus ministros entre personalidades que no eran miembros de Acción Democrática. CAP nombró como ministros a economistas egresados de universidades norteamericanas y muchos de ellos habían fundado el IESA, donde eran profesores. Conformaban un grupo de tecnócratas liberales, con muchas estrategias económicas, pero con poca visión social y política de los desafíos que enfrentaba el país en aquella coyuntura. Eso trajo pugna, malestar en la política venezolana y por supuesto, equivocaciones”.
En 1993 el congreso decidió que debía ser él la persona indicada para finalizar el truncado período presidencial de CAP, y Velásquez asumió el desafío de llevar las riendas de un país en crisis —política, económica, social— durante un año de altibajos y esfuerzos de conciliación por mantener la institucionalidad política del Estado. “Y entregué el día señalado a quien fue el elegido por las masas, el señor Rafael Caldera”, enfatiza Velásquez, quien además afirma que su interés político y personal en aquel momento tan determinante, pero también durante toda su vida de luchas, “ha sido defender la democracia y los logros civiles de la sociedad venezolana”.
A la par de la vida política está la del periodista, etapa que, paradójicamente, empezó en la Escuela de Derecho de la Universidad Central, cuando aún estudiaba para ser abogado, fue en ese entonces cuando comenzó a trabajar como reportero de Últimas Noticias. Luego estuvo en la revista Signos —proyecto de corte político en el que lo acompañaron Simón Alberto Consalvi y José Agustín Catalá y que terminó con la llegada de Marcos Pérez Jiménez al poder—. Su trabajo de hábil reportero y visión editorial lo llevó no solo a dirigir El Mundo, El Nacional y la revista Élite, sino también a firmar múltiples columnas y editar libros. Las leyes fueron desplazadas por la comunicación social.
La combinación de demócrata y periodista en tiempos de inestabilidad política y dictadura trajo consecuencias: fue encarcelado en varias oportunidades. Sin embargo, la primera vez fue por razones que todavía no tiene claras. “Apenas llevaban días en el poder los militares que habían derrocado al presidente constitucional Rómulo Gallegos. Yo era funcionario de la Corporación Venezolana de Fomento y una mañana se presentó un grupo militar que iba hacerse cargo de esa Corporación. Por orden de un joven capitán tachirense incluyen mi nombre en la lista de detenidos”. Al día siguiente publican la lista en la primera página del diario El Heraldo, con fotos de cada uno. Miguel Moreno, secretario de la nueva junta militar que presidia el ministro de defensa Carlos Delgado Chalbaud, se presentó una mañana en la cárcel modelo donde habían llevado a Ramón J. Velásquez y le dice: “he logrado su libertad y vengo a buscarlo”.
Otra de sus idas a prisión se debió a su participación en una publicación que fue elaborada en los talleres tipográficos de José Agustín Catalá en Caracas, “él se dispuso a hacer un libro, el Libro Negro contra Pérez Jiménez. El prólogo era de quien, meses después, fue asesinado a balazos en una calle de San Agustín, mi compañero de bachillerato y de la facultad de derecho, Leonardo Ruíz Pineda. En el libro colaboraron Simón Alberto Consalvi, Juan Liscano y Héctor Hurtado Navarro”. Al poco tiempo de salir, regresó al cautiverio, esta vez, por hacer críticas al Gobierno desde su columna en una revista. Allí permaneció “hasta el día después de la caída del dictador Pérez Jiménez, quién había huido de Venezuela en la madrugada del 23 de enero de 1958”.
—¿Qué significa para usted el concepto libertad?
—Es un término que abarca en su inmensidad todos los aspectos de la vida humana. Ahora, fundamentalmente, la libertad tiene un límite: la responsabilidad ciudadana con que se plantean los problemas. No hay un problema de solución imposible, lo que hay es que buscar la forma y el medio de lograr que las exigencias que se hacen, puedan ser respondidas por el Estado. Por otra parte, y yo que pertenezco a las generaciones perdidas en el tiempo sé mucho de eso, hemos logrado mucho en materia de libertades en Venezuela, desde el tiempo en que se venció el silencio histórico y, de alguna forma, se logró andar por las calles de la ciudad, batallar por la organización de los nuevos partidos y sindicatos de trabajadores. Se lograron conquistas que podían parecer imposibles y esa lucha trajo dolores, muertes, persecuciones. Lo que se ha logrado en el país ha sido admirable, toda la nación, todo sus sectores han podido avanzar y decir conquistamos el debate. Esos son logros innegables que han forjado ciudadanía, a pesar de los momentos difíciles que se viven hoy.
—Usted ha ejercido el oficio de periodista, su padre también lo fue. ¿Cómo ve el periodismo actual que se hace en Venezuela?
—En la medida en que la nación fue adquiriendo conciencia del valor de la libertad y de la necesidad de ejercerla para poder reclamar, el periodismo ha representado la voz del país. Ha tenido muchas dificultades en los últimos tiempos, multas, sanciones, prohibiciones, censuras, pero, por sobre ello, el periodismo sale airoso y hace su trabajo. Están ustedes, las nuevas generaciones que han continuado la lucha que se inició desde que la Universidad Central creó la Escuela de Periodismo y dotó a hombres y mujeres de la emoción hacia el oficio y la preparación que requerían.
Antes no había Escuela, la batalla era dura. Existía la capacidad del autor, la capacidad de expresar, la capacidad de la empresa periodística de permitir que eso se publicara, y la dictadura de Marco Pérez Jiménez, en la misma medida en que realizaba obras, coartaba las libertades. Pero la batalla que la nación dio, sin pensar en colores, le abrió el camino a otro gran período del periodismo. Hay muchas formas de coacción, pero yo veo, en el grupo periodístico de los veteranos y en el de los más jóvenes, una conciencia admirable del deber que están cumpliendo con el país, a través de la reflexión, la investigación y la crítica.
—Desde muy joven fue un activista político, incluso estuvo entre los fundadores de la Federación Venezolana de Estudiantes. ¿Qué opinión tiene de la nueva generación de jóvenes luchadores que ha surgido de las universidades en los últimos años?
—Soy optimista con respecto al futuro venezolano, tomando muy en cuenta mi posición de un viejo que participó en todo el proceso que hubo en Venezuela desde la muerte del general Juan Vicente Gómez. Considero que la nueva generación de estudiantes, esa que entiende los desafíos de la lucha ciudadana, que hoy ocupa su posición en las universidades y en los institutos universitarios especializados, es ejemplar, tanto en Caracas como en el resto del país. El movimiento es nacional y muy activo en ciudades como Mérida, Maracaibo, San Cristóbal, Cumaná, Maturín o Valencia. Tienen un concepto muy claro de lo que es la democracia y del papel de las universidades en una etapa tan compleja como la actual.
Sus reclamos son fundamentales y legítimos. Estas generaciones actuales han asumido a plenitud sus responsabilidades civiles y su deber con el país.
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