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El eco lógico

Lunes 03 de Octubre de 2011 11:43
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Desde algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, me enviaron hace poco por celular una impresionante foto de molinos de viento. Al recibirla respondí con un chiste: “¿Contra éstos peleaba El Quijote?”.

Pero enseguida pensé que eran ellos, los molinos, la muestra perfecta de una nueva lucha quijotesca: la del hombre a favor de la Naturaleza, en pro de la conservación de los recursos, en aras del aire limpio, el agua clara y el ensamble de nuevas tecnologías con la vieja aspiración del progreso, el confort y el desarrollo, que ahora está obligado a ser sustentable.

Por eso la pelea es aún más desigual que la que emprendió el caballero andante con su emblemático escudero. Y mucho más real –que es lo importante– en medio de enormes contradicciones e intereses contrapuestos, que han hecho que el Protocolo de Kioto de 1997, el mayor acuerdo marco logrado hasta ahora, no haya podido avanzar demasiado en eso de reducir los gases que producen el temido efecto invernadero.

La meta era llegar a 2012 con emisiones reducidas en 8% respecto de 1990. Pero Estados Unidos y Australia no lo han ratificado; mientras que más de 140 naciones que lo hicieron no están en su gran mayoría obligadas a cumplirlo, por su carácter de países en desarrollo. Por ejemplo China e India, las economías con mayor crecimiento del planeta, queman más combustible fósil que el resto del mundo, sobre todo para producir energía eléctrica (Estados Unidos también está atado a ese destino insoslayable de quemar petróleo y mucho carbón, para generar electricidad). La Unión Europea, en cambio, asegura su Agencia del Medio Ambiente, está cumpliendo y quiere llegar a 2012 con más de 14% de reducción de emisiones. Una meta tal vez exagerada; pero es la única región del mundo que ha dado pasos positivos. En la década pasada la energía eólica creció 24% y la solar 53%. Allí hay una diferencia enorme –una más– entre Europa y Norteamérica, con todo lo que eso implica, incluyendo la crisis que ambos viven y su forma de reaccionar ante ella. La transición a una economía que respete la Naturaleza no va a ser sencilla ni barata. Pero lo importante, a partir de Kioto –y a pesar de Estados Unidos, cuyo pueblo está envuelto en una formidable paradoja versus las decisiones globales de sus gobiernos– es la creación de una grandiosa conciencia ambientalista, que está pintando poco a poco el mundo de verde y genera razones ecológicas para casi todo, comenzando por la fabricación y mercadeo de productos, lo que involucra su promoción y publicidad, actuando de modo clave sobre el inconsciente colectivo.

Esto es sin duda positivo, por cuanto son grandes corporaciones las que van al frente con la bandera en ristre.

Y el ejemplo cunde, crece, abraza al ciudadano corporativo y baja hasta el común de los mortales, que cada día se preocupan más –esto es indudable– tanto por la contaminación más compleja de las grandes industrias, incluyendo al propio Estado, como por la más obvia: ahorrar energía, cuidar los árboles, no envenenar las aguas ni embasurar el ambiente arrojando alegremente desechos plásticos y otros no degradables.

En todo caso, en un mundo con demanda creciente y recursos naturales reducidos, el quid de la cuestión productiva, la prioridad estratégica –la nueva revolución industrial– está en limpiar las tecnologías, bajar las emisiones de carbono, ir hacia economías de uso eficiente de los recursos (trabajando sobre todo en los renovables), recostarse en los biocombustibles, buscar energía solar y eólica (dado el peligro latente de la atómica y su traspié reciente en Japón) y hacer más transparentes los procesos, donde las ambiciones de ganancia económica tendrán que estar más vinculadas que nunca a un pensamiento de sustentabilidad ambiental.

Si el ciudadano común lo entiende, es poco probable que, en el futuro cercano, haya organizaciones sociales, empresas e incluso países que puedan soslayar el impacto ambiental y social de sus actividades. Los que intenten hacerlo, pagarán muy caro. Quedará demasiado evidente ante el mundo que se niegan a entender la nueva verdad de la vida sobre la Tierra.
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