Cuando Julian Assange reveló los 250 mil cables diplomáticos de EE.UU. estaba haciendo otra fuerte apuesta por él mismo.Y esta vez lo logró: hoy Wikileaks recibe más dinero que nunca y su dueño fundador ha dejado de ser un desconocido para convertirse en una estrella del universo anti stablishment; o mejor, del stablishment de los anti norteamericanos, encabezado por algunos gringos famosos como Michael Moore y ciertos famosísimos anti gringos que no hace falta nombrar. Pero claro, eso no es todo. De Assange pueden venir sorpresas.
Miientras, el stablishment formal se lo ha empezado a cobrar. No ya por las fatuas acusaciones de violador que le endilgaron dos suecas, entonadas quien sabe con cual oscura idea –quitarle dinero o hacerle un favor a algún servicio secreto–; ni por la fidelidad de primo hermano que mostró Gran Bretaña poniéndolo preso por ese improbable delito sexual. Nada de eso. Se lo ha empezado a cobrar la revista Time que le birló el título de Personaje del Año pese a que Assange fue el predilecto de los lectores de esa publicación, con 380 mil votos. Tal vez porque no eligió a Time para venderle su fajo de documentos. Ted Turner pudo pensar que se merecía esa distinción. Él también supo ser incómodo con el poder y, además, tiene CNN.
Lo llamativo, en todo caso, es que Time no le dio el título tampoco al segundo de la elección electrónica, el premier turco Recep Tayyip Erdogan con 230 mil clicks; ni a la cantante Lady Gaga, tercera con 146 mil; ni a Hu Jintao, Liu Xiaobo y otros tantos en ese extraño ranking cuya posición no coincide con los votos efectivos, vaya uno a saber por qué.
Se lo dio a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, nuevo ultramillonario e inspirador de la película biográfica Red Social, sobre este destacado zar del fenómeno tecnológico adscripto a internet, que es generador de un mundo con leyes propias y monstruos intocables, hasta ahora invictos.
En esa galería de monstruos ya está sin duda Assange, hoy popularísimo desconocido, que no salió de un garaje como Steve Jobs, ni de un astuto acuerdo con IBM para potenciar su negociadora inteligencia, como Bill Gates (que con 54 mil millones de dólares tiene la segunda fortuna personal más grande del mundo según Forbes); ni saltó de una librería virtual a la mayor tienda por departamentos en red, como Jeff Bezos, el dueño de Amazon; ni emergió de las aulas de Stanford con un doctorado y la idea brillante del buscador mágico, como Larry Page y Sergey Brin, los inventores de Google.
Assange tiene, por ahora, mucho menos dinero; algo menos de fama y tal vez menos cualidades para exponer que todos ellos. Pero ha trepado donde sus pares del mundo virtual nunca incursionaron de modo directo: el potente trampolín de la política.
Un ámbito con artimañas y juegos distintos al los del mundo de los negocios, pero muy capaz de catapultarlo a partir de los pocos escrúpulos y las filosas aristas que sacó a relucir hasta ahora: adolescente hacker, detenido por la policía australiana en 1991 por violar los sistemas de la telefónica Nortel; saltimbanqui sin domicilio conocido ni señas mayores (Wikipedia no tiene ni su fecha de nacimiento); acusado de mentira por dos violaciones sexuales que le dan risa; supuesto periodista sin pasado como tal; y laboralmente inestable hasta fundar Wikileaks: especie de ONG de la denuncia en la cual buscaba su destino.
Comenzó a encontrarlo al divulgar en julio de 2010 más de 92 mil documentos sobre la guerra de Afganistán, y antes, en abril, el video “Asesinato Colateral”, con la espeluznante muerte en julio de 2007 en Irak de 12 civiles, entre ellos un fotógrafo de Reuters y su chofer, ametrallados desde un helicóptero –crimen que USA no quería reconocer. En octubre próximo pasado disparó otros 400 mil documentos sobre la guerra de Irak y allí vivió su real momento de gloria, que extendió enseguida con la revelación de 250 mil correos diplomáticos.
Cuando se entregó en Londres ya había dicho “me gusta aplastar bastardos”, no sin aclarar que también goza ayudando “a la gente vulnerable”. Tremenda declaraciones del lado de los buenos, para un tipo que elige disparar siempre desde la acera formal de los malos, como práctico Robin Hood de la información y el conocimiento.
Ahí está su perfil, que podrá seguir sumando puntos si logra mantener más sombras que luces de su incierta vida privada, para seguir alimentando el propio mito y ser –aparecer– más interesante por lo que hace que por lo que dice, que según lo visto en un par de entrevistas, no es mucho ni muy inteligente.
De hecho, a Julian Assange quizá le convenga más recrear su aura privada, perlada de secretos, que exponerse públicamente ante los ya muchos amigos/enemigos que le han salido y los que le puedan salir. Ellos, políticos retirados o en ejercicio, militares, líderes de religión, sacerdotes de estado, izquierdistas o derechosos, procuradores o ejecutores del poder, en verdad no saben todavía quién es él ni cómo se comportará cuando tenga algo para subir a Wikileaks. Qué nombres tachará y cuáles dejará. Qué callará y con qué medios compartirá. Allí está la razón de futuro de Assange: en ser más Gran Hermano que todos aquellos juntos.






