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La fuerza de la verdad

Viernes 22 de Julio de 2011 12:47 Raúl Lotitto
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Con una valentía de la que muchos dudaban, el Presidente habló el 30 de junio desde La Habana y dijo –si no todo– al menos lo que estimó conveniente sobe su enfermedad. Logró así su objetivo de re-colocarse en el centro de la escena, de la que había sido desplazado por un enemigo implacable: el rumor sobre sus enfermedades y operaciones, instalado como dueño y señor en Cuba, desde el 8 de junio, para ahondar la crisis, paralizando al país.

Claro que esos dimes y diretes no fueron fruto de lenguaraces malintencionados. Nunca lo son. El rumor surge siempre cuando no hay información y –de no ser cauterizado– crece como un gusano se alimenta de fantasías y devora la Verdad. Fantasías que no son solo chismes, obvio, sino afirmaciones oficiales sin credibilidad, como las que circularon hasta el 30 de junio en la noche, cuando Chávez decidió hablar, leyendo inusualmente ante las cámaras su mensaje, con tantas cosas entre líneas –de paso– que el propio análisis del texto queda tan ligado al futuro, como lo predijo la frase de Bolívar que clavó al comienzo.

Porque Chávez, contrariamente a su costumbre, no pontificó, salvo en el revelador final, cuando cambió por razones más que evidentes el eslogan “patria, socialismo o muerte”, por lo que resultó no un apotegma, sino su verdadera expresión de deseos: “por ahora y para siempre, viviremos y venceremos. Hasta el retorno”.

Pero más allá de sus muchas interpretaciones, el breve y preciso discurso transparentó no solo la enfermedad –sin revelar la ubicación del tumor– sino el rol de Fidel Castro en la crucial y determinante realidad del oficialismo venezolano y por extensión en toda la circunstancia nacional. Pero lo valioso, al fin, es que el presidente hizo lo políticamente correcto: informó, corriendo con riesgos y consecuencias.

Fue el primer paso para retomar el control de la situación. Por eso lo asumió personalmente, sin eufemismos, sin intermediarios calificados –que suelen ser, en casos similares, los médicos, autorizados por su profesión, antes que por la política– y descalificando por lo mismo a todo tercero en discordia, aunque fuese parte de su propio gobierno o de su propio partido.
Fue un eficaz acto de comunicación, similar en su orientación a la mayoría de la publicidad gubernamental ya analizada en esta columna (ver edición 328, página 6, “Propaganda de la buena”) pero cuyos resultados a mediano-largo plazo no son tan previsibles.

En el corto, en cambio, son contundentes: el jefe orienta hacia su objetivo de sanarse sin perder el control, para evitar que su proyecto sufra, no ya un zarpazo de los opositores, sino los errores o carencias de quienes realmente lo necesitan como caudillo. Los del propio patio, que por sobre su tristeza, fueron reorientados. Hay un túnel para ellos, cierto. Pero han visto luz al final. Ahora sabrán que hacer.

Basta ver si los de la oposición aciertan a saberlo, incluso con la verdad revelada. En todo caso, lo paradójico es que la palabra de Chávez, involuntariamente, iluminó también los dichos de un periodista cuya columna, habitualmente certera, tiene un nombre aliado del chisme. En su página runrun.es y su columna homónima del diario El Universal, había adelantado la gravedad del caso como nadie lo hizo. Dijeron de todo para desacreditarlo, hasta que el Presidente confirmó su enfermedad... y Nelson Bocaranda recibió un cheque en blanco de quien menos lo esperaba.

En todo caso, una nueva realidad se ha puesto en marcha en Venezuela. Habrá que ver como evoluciona. Son muchos los factores y demasiados los matices. Pero lo que en principio queda es una lección que ojalá hayan aprendido todos (gobierno, opositores y neutrales) y de la cual ni los mitómanos de oficio pueden sustraerse: es tal la naturaleza de la Verdad, tal es su fuerza, que solo requiere aparecer.

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