La publicidad del Gobierno Nacional es estupenda. Sobre todo en el medio exterior. La última valla que pude analizar no tiene desperdicio. “Déjenlo trabajar” cumple incluso a rajatabla con aquel decreto que prohibió la imagen del Presidente en anuncios publicitarios (Editorial edición 323, página 6) y que no suele ser de tan estricta observancia. Vale analizar la pieza. Es una obra maestra. Hace responsables de lo que no se ha hecho a los detractores del líder de la revolución, que luce inmunizado y a toda prueba doblemente omnipresente.
Porque si bien cualquier lector del anuncio sabe quién es sujeto de la apelación, la única referencia al oficialismo es la boina roja dibujada sobre la letra “o” . Un ícono claro del Presidente –y de su Casa Militar, por cierto– pero que también es símbolo global de la militancia en su movimiento político. De este modo, el cartelón “Déjenlo trabajar” podría referirse no sólo a Hugo Chávez, sino a cualquier chavista. Genial.
Hay en cambio otras piezas igualmente creativas que tienen al mandatario como figura central. Por ejemplo, lo primero que ve un viajero en el hall de inmigraciones del aeropuerto Simón Bolívar es una gigantografía a todo color del Presidente junto a un grupo infantil multiétnico. El gran mensaje en letras rojas es una sola, exacta palabra: “Pasión”. Creo que jamás he visto nada tan bueno en propaganda política venezolana de los últimos 35 años.
Si vamos a los lemas hay dos. El inclusivo “Ahora Venezuela es de todos” es excelente, pero quedó sepultado por la realidad (eso pasa); en cambio “Venezuela cambió para Siempre” es un demonio vigente y sólido. Cambiar para siempre es una promesa básica muy significativa. Dice con todas las letras que no hay vuelta atrás. Determinismo histórico puro y duro, que complementa el grito de calle “no volverán”, pero es más asertivo: no tiene réplica ya que hasta los políticos más antichavistas aceptan lo irreversible de algunas nuevas realidades. Las misiones, por ejemplo, que muchos opositores juzgan intocables hacia el futuro.
Otras propagandas toman por una vía inédita en Venezuela. Afirman lo incomprobable. Y no mediante slogans, sino con frases que pueden tener o no respaldos válidos. Ejemplos: “ahora los niños venezolanos crecen con más talla” (pancarta colgante en el aeropuerto de Maiquetía); “Primer lugar en Venezuela… justa distribución de la riqueza. Latinobarómetro 2010”, valla roja gigante, muy visible desde la autopista Francisco Fajardo.
Otras veces se apela a cifras de modo exacto, pero sin certificación posible. Verbigracia: “el índice de escolaridad es ahora de 99 por ciento”. Decía una valla muy estratégica en la misma autopista, con imagen de niños felices y una flecha como gráfica de crecimiento. Otra adujo que “la producción de maíz creció 1.550 por ciento”. ¿Puede alguien desmentir esas afirmaciones? Posiblemente. Pero hacerlo en esta nota la sacaría de contexto. Más cabe reflexionar que si bien la premisa ética de la publicidad y la propaganda es decir la verdad, nadie debe perder de vista que su objetivo verdadero es vender.
En campañas a nivel nacional hay dos que valen la pena. Una muestra la crisis eléctrica totalmente resuelta. Si algo falla –sabemos– es por demasiadas lluvias, iguanas suicidas o sabotajes por descubrir. Pero el Guri está lleno y el país repleto de usinas alineadas valla tras valla por toda la geografía, generando mensajes en positivo. La otra tiene gente sonriente, activa, realizada. Son enormes carteles coronados por un lema abstracto: “Venezuela de verdad”. Un mensaje eficiente pues ninguna persona –obvio– se atreve a preguntarse cuál es la de mentira. Hacerlo sería admitir que existe una contra imagen en la desgracia, la tristeza o el fracaso, con los que nadie lúcido puede identificarse. ¿Inteligente, verdad?
Ni qué decir del uso del arte popular que han aparecido por toda Caracas y con expresiones muy sui generis de propaganda subliminal. Veamos: en un paredón vecino a Barrio Adentro 2, en Chuao, hay un fresco con doctores, soldados y pacientes en acción. La leyenda asegura que se “brinda atención de calidad al pueblo venezolano”. La figura más sobresaliente del conjunto es un médico de bata blanca que se esmera con su estetoscopio. Se parece demasiado a Hugo Chávez y a su derecha resalta un militar. Entre ambos se lee “Gobierno Bolivariano”. Algunos piensan que los dibujos son grotescos o simplemente feos. Pero pocos se detienen a entenderlos. Háganlo. No pierdan esa oportunidad.
Y de paso extiendan el análisis al resto de la comunicación oficial, que ha mostrado un perfeccionamiento creciente, propio del que no improvisa, del que estudia lo que tiene que decir y sabe cómo hacerlo. Vean con calma las piezas aquí analizadas y otras que no figuran en este breve recuento. Verán que casi siempre el mensaje es redondo. Que crea incluso una realidad propia más allá del mundo verdadero. Generadora de la nube mágica del socialismo virtual del siglo XXI que, controlado por expertos que nadie conoce, llega donde tiene que llegar para seguir ganando elecciones.






