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En vigencia : Publicada nueva Ley Orgánica del Trabajo (Lottt), en Gaceta Oficial Extraordinaria Número 6.076
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Steve Apple

Lunes 07 de Noviembre de 2011 14:45
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Dejó todo listo como para irse tranquilo, incluyendo algo inédito: auto dedicarse el último producto de su empresa, iPhone 4S, lanzado un día antes de su muerte. Porque según la leyenda –que ya se escribe– 4S quiere decir for Steve. Una boutade perfecta para un hombre cuya relación con la fama fue tan curiosa como impredecible. Una suerte de amor –odio, muy diferente del amor– amor que profesó por la inventiva y el trabajo.

 

Un periodista argentino escribió en su necrológica que Steve Jobs fue “un escritor de ciencia ficción, que en lugar de escribir lo que imaginaba, lo mandó a fabricar”. Quizá no hay otra manera tan precisa de definir a este genio autodidacta, inventor y promotor inagotable, que nunca fue a la universidad –como decía querer su madre, que nunca lo quiso a él– pero cumplió sus sueños e hizo cumplir los de millones de personas. Gente a la que puso a manejar el mundo –un mundo virtual, cada vez más real– con la yema del dedo índice. Así, el tacto pasó a ser el sentido más importante. iPhone, iTunes, iPad, iMac. Ay Dios… cuánto genio en un solo hombre.

Visionario, emprendedor y empecinado, demostró más allá de su famoso eslogan –think different– que el valor más productivo y constante que lo distinguió del resto, fue pensar fuera de la caja y empeñarse en llevar adelante sus ideas, sin importar que costo debía pagar. Por eso, cuando pensó distinto a sus socios, en 1985, lo despidieron mientras Apple era reina del mercado con Macintosh y había ideado el ratón, hoy imprescindible rey de los comandos.

Vendió entonces todas sus acciones menos una. Curiosa corazonada porque el Destino lo reivindicó: regresó en 1997 con la compañía casi en bancarrota, convirtiéndose en su salvador para ponerla otra vez como número uno. En el glorioso 2010 las ventas aumentaron 70% hasta 14 mil millones de dólares. Apple es hoy la segunda empresa del mundo en valor, detrás de Exxon Mobil.

Pero antes lo habían seducido otras hazañas: al salir de Apple comenzó de nuevo, fundando Pixar de los escombros de una subsidiaria de LucasFilm; y logró impulsar la animación digital con Toy Story, primer largometraje de una larga serie –incluyendo el famoso “Up”, ambientado en la Gran Sabana– lo que le permitió a Jobs integrarse a Disney como su accionista individual más potente. Rico Mc Pato, si acaso, que a los 26 años ya era millonario pero al morir sumaba 8.300 millones de dólares desde el puesto 110 del Ranking de la Revista Fortune. Era también dueño de más de 313 patentes, la mayoría como co-inventor con Jonathan Ive.

¿Pero le importó alguna vez el dinero? Posiblemente no. Al menos no más que el éxito con el cual debió soñar en aquel garaje de California donde nació Apple. Éxito que cimentó su valor más profundo y vital: la confianza en sí mismo; una autoestima indestructible que lo ayudó a pronosticar el futuro hasta el límite de materializar lo que pensaba y decía. En 1985, por ejemplo, aseguró a la revista Playboy que había que hacer “productos móviles, que trabajasen en red”.

¿Soñaba? No. Ya no era un adolescente de 16 años. Ahora tenía 29 y podía ver el futuro hasta el final de los tiempos. Lo leía, en verdad, dándole real valor a sus ideas. No se sujetaba a las reglas, las creaba. No asumía un lenguaje, lo inventaba. Estaba dotado para entender las necesidades de la gente antes de que se manifestasen. Por eso nunca necesitó investigaciones de mercado, ni nadie que le dijera lo que tenía que hacer. Un tecno-dios que inventó su propio Paraíso, disfrutó la tentación de morder la manzana y la convirtió en ícono de su creación. Good job, Steve.

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