Desde 1948 a 1961 llegaron al país unos 800 mil inmigrantes, en su gran mayoría de Europa, quienes con una férrea disciplina para el trabajo y una gran capacidad de ahorro, no sólo fueron clave para el desarrollo local, sino que contribuyeron a darle forma y corazón a una nación siempre abierta al extranjero.

Casi todos vinieron con la idea de lograr cierta estabilidad económica para regresar a sus países, pero la magia de Venezuela hizo que terminaran por echar raíces en este suelo.

Las páginas que siguen muestran la Venezuela que conocieron quienes llegaron de tierras lejanas para insertarse en la actividad productiva del país, y el trabajo de nuevas generaciones que comandaron la transformación y reingeniería de los pequeños negocios que heredaron de sus padres.

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Mi padre el inmigrante

Con el fin de la II Guerra Mundial y de la Guerra Civil Española numerosos europeos se vieron en la necesidad de abandonar sus hogares en busca de libertad. Unos querían hallar un nuevo horizonte, otros evadir el hambre y muchos buscaban un lugar donde rehacer sus vidas. Y se embarcaron hacia Venezuela. Algunos sin siquiera ubicarla en el mapamundi. La corriente migratoria más importante se produjo en 1947, cuando el gobierno del general Marcos Pérez Jiménez abrió las fronteras del país, asegura Manuel Rodríguez Campos, director del Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar.

"A pesar de presentar diversas características culturales, estas personas tenían un denominador común: la mayoría contaba con una mínima formación práctica y disciplina para el trabajo", asevera.

Y encontraron una Venezuela tranquila, donde se gestaba un crecimiento planificado, sobre todo en la construcción de grandes infraestructuras, una expansión del mercado interno y la modernización agrícola, lo que la convertía en suelo perfecto para olvidar la guerra y echar raíces. Así fueron llegando italianos, portugueses, españoles, judíos y rusos, entre otras colonias de la desbastada Europa.

De ellas, la de los españoles, italianos y portugueses fueron las más importantes. Las 3 compartían razones similares para abandonar sus naciones: la huida de un régimen dictatorial, las atrocidades de la posguerra y la búsqueda de la tan anhelada estabilidad económica. La mayoría llegó en barco al puerto de La Guaira y famosas fueron las pensiones que sirvieron de primera morada. Muchos fueron llevados a estaciones experimentales de agricultura, como la de El Trompillo. Cada colonia fue dedicándose a una "especialidad" relacionada con las actividades que se desarrollaban en su país de origen. Fue así como los gallegos se dedicaron a producir hortalizas, los canarios al comercio de plátanos y los italianos a la venta de carne y otros alimentos.

"Lejos de llegar con ansias de enriquecerse, venían con deseos de trabajar y de aportarle sus conocimientos a un país con pocas señales de industrialización", señala Franco Castinglone, representante de Venezolanos del Mundo, que agrupa a las distintas comunidades extranjeras en el país.

De hecho, para 1947, Venezuela necesitaba agricultores. Existía un déficit de producción de unas 55 mil toneladas anuales de azúcar y de 50 mil toneladas de arroz, entre otros productos, y se requería cubrir la demanda con producción interna. Además, se iniciaba en la explotación petrolera, por lo que muchos venezolanos abandonaron el campo para dedicarse a la lucrativa actividad minera, y este vacío fue aprovechado por los inmigrantes. Lo mismo ocurrió en la construcción, sector en el que también encontraron un nicho de mercado importante.

Pero el ingreso de este grupo de extranjeros no resultó del todo beneficioso, acota Rodríguez Campos: "El servicio consular venezolano no fue eficiente en la selección, y junto a los perseguidos políticos, a quienes teníamos que recibir para salvarles la vida, se embarcaba cualquier persona. Muchos aseguraban tener determinada profesión y no se comprobaba que la tuviera". Y todo ocurría a pesar de contar con una ley de inmigración y un organismo llamado Instituto Nacional de Inmigración y Colonización, que luego fue transformado en el Instituto Agrario Nacional (IAN).

Aún así, coinciden analistas y sociólogos en que, a pesar de las aristas negativas, el balance del trabajo del inmigrante en Venezuela fue y sigue siendo positivo.

Los precursores

Varios fueron los extranjeros que llegaron a Venezuela para servir después de promotores para la llegada de sus coterráneos. Uno de ellos fue Filipo Gallardi, uno de los más importantes constructores en la década de los años 50, recuerda el especialista. Un inmigrante que llegó, como todos los demás, sin dinero, sin profesión, sin contactos, pero provisto de una gran habilidad para las relaciones. Tanto, que llegó a ser el gran constructor de la dictadura de Pérez Jiménez.

Gallardi acumuló millones de bolívares de capital y dirigió una colonia italiana tan numerosa que para el plebiscito de 1957 ofreció una gran cantidad de votantes italianos, que eran sus obreros, explica el historiador.

De los españoles, Rodríguez Campos recuerda que "aportaron grandes intelectuales en la cultura venezolana como Manuel García Pelayo o Pablo Vila, uno de los geógrafos más reconocidos que ha tenido el país".

Por su parte, a los judíos –expulsados por el terror europeo– se les asocia con la elaboración de artículos de cuero, calzados, textiles, y hoy se han convertido en grandes fabricantes de telas y vestidos. También resaltaron en las actividades comerciales, financieras y en el manejo de la banca.

Pero no sólo en el aspecto económico se concretan los aportes de los extranjeros. La mayoría no fue indiferente a los encantos de los venezolanos. "Arraigados en el país, se han casado con venezolanas y han creado una generación de nuevos venezolanos con capitales importantes", comenta Rodríguez Campos.

Para Castinglone, los extranjeros introdujeron, entre otros, dos importantes valores a la sociedad venezolana: el ahorro y el amor por la familia. "Las comunidades europeas tuvieron que aprender, casi a la fuerza, a economizar, por lo que traían muy internalizado el concepto del ahorro, con la idea de que el futuro se debe consolidar con el sacrificio de hoy". Por otra parte, el amor a la familia era exaltado por quienes tuvieron que dejar parte de sus seres queridos en sus países de origen mientras venían a trabajar para brindarles estabilidad.

De obrero a patrón

Con el tiempo, las colonias de inmigrantes prosperaron, principalmente por su gran capacidad de trabajo y ahorro. Como explica Castinglone, "fueron pasando de obrero a patrón, reduciendo al máximo sus gastos y aglutinando la mayor cantidad posible de dinero". Fueron sumando capitales a sus comercios y los transformaron en grandes empresas.

Existen muestras de ello en las áreas de metalmecánica, productoras de carrocerías, abastos, casas de comercios, tiendas por departamento e incluso imprentas. Muchos son hoy grandes cadenas de supermercado, empresas de consumo masivo, frigoríficos para el comercio de la carne, empresas de acopio agrícola y hasta emporios empresariales.

Se han forjado nuevas generaciones, más venezolanas que europeas, que conservan los valores que trajeron sus antepasados, pero que han introducido tendencias novedosas para la administración y gerencia de sus negocios, mientras desarrollan un verdadero sentido de ciudadanía.

Son muchos los ejemplos del traspaso del manejo de empresas de padres a hijos y de hijos a nietos, y son muchos los casos que se han convertido en participantes activos de la economía venezolana.

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Los neovenezolanos

Eddo Polesel*

Para concentrarnos en algunos de los aspectos que han caracterizado la inmigración en Venezuela, hay que aclarar que fue entre 1946-1960 cuando se produce el mayor flujo de inmigrantes al país, por dos razones: la primera porque al finalizar la guerra se eliminaron los bloqueos en Europa, y la emigración en esos países constituía una válvula de escape para bajar la presión de la desocupación. Por otra parte, Venezuela experimentaba un boom económico por la explotación petrolera, que si bien había empezado para satisfacer necesidades bélicas, terminado el conflicto, se hizo indispensable para los países que iniciaban la fase de industrialización y de reacomodo económico.

Fue en ese período cuando, tanto por cantidad como por calidad, se produjo lo que podemos denominar la "inmigración consistente". Llegaron al país personas que crearon un fuerte impacto positivo, ya que se incorporaron a las actividades más variadas, favorecidos por un ambiente de amplia y hasta afectuosa aceptación por parte del venezolano, que entendió las ventajas que le proporcionaba la mano de obra calificada o adaptable a las actividades de la construcción, en fuerte expansión, y al naciente proceso de industrialización, y para atender diferentes servicios, desde barberos, sastres, zapateros, carpinteros, albañiles, mecánicos y profesionales en general, que componían así una economía en crecimiento.

El impacto

Se estima que en esos años ingresaron no menos de 550 mil inmigrantes, la mayoría procedente de Europa, principalmente de España, Italia y Portugal, así como de Colombia. Para comprender su impacto hay que tomar en cuenta que para 1956 Venezuela tenía unos 6,5 millones de habitantes y su población económicamente activa no superaba los 2,5 millones. Los 550 mil inmigrados constituyeron una fuerza de trabajo que contribuyó a un fuerte crecimiento económico y a modificar la estructura de la sociedad. En efecto, de cada 4 personas aptas para el trabajo una era inmigrado.

Y si tomamos en cuenta que en ese entonces el país presentaba condiciones favorables en su desempeño económico, que contaba con una moneda fuerte que posibilitaba el ahorro, aspecto de suma importancia para el inmigrado, se explica el crecimiento económico logrado y los cambios en la estructura económica y social, fenómeno que se produjo con mayor contenido en las décadas de los años 50 y 60.

Fue ese aporte lo que produjo un proceso de integración de carácter humano y social, cuyo valor no ha tenido precedentes ni se ha igualado en años posteriores. No cabe duda, sin desconocer la importancia de la inmigración de otras épocas, que la del período 1946-1960 fue la de mayor impacto y la más beneficiosa tanto para el país como para los inmigrantes y sus descendientes, que hoy, venezolanos integrales, representan una realidad que a pesar de las dificultades que atraviesa el país, mantiene sus raíces aquí y generó la formación del neovenezolano, de cuyo comportamiento cívico y compromiso por defender lo heredado dependerá, en gran parte, el futuro del país.

*Empresario, expresidente de Fedecámaras

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Maleta en mano

En 1946 entraron al país 5 mil europeos. Un año más tarde, la cifra ascendió a 11 mil y en 1948 fueron más de 20 mil.

Desde 1945, las tasas de ahorro en el país registraron un acelerado crecimiento. Ese año alcanzaron 25,4 por ciento del PTB, y en 1956 y 1957 ascendieron a 57,1 y 59,3 por ciento, respectivamente.

Para 1950, la inmigración externa era de 461.584, de la cual poco más de 19 por ciento pertenecía a Colombia, casi 25 por ciento a Italia y más de 29 por ciento a España.

En 1957, se da la cifra más alta de emigrantes en España hacia América (30.184) y según estadísticas españolas, 52 por ciento se dirige a Venezuela.

Entre 1951 y 1958, según la Oficina Arquidiocesana de Caracas, entraron al país 200 mil españoles, en su gran mayoría gallegos y canarios.

Entre 1948 y 1961 habían entrado a Venezuela cerca de 800 mil inmigrantes, de los cuales 78 por ciento eran españoles, italianos, norteamericanos, colombianos y portugueses.

En 1958 terminó la política de puertas abiertas. Y hasta 1973 el promedio de ingreso de inmigrantes se estancó en 13 mil extranjeros al año.

En 1973 y 1974, gracias al boom petrolero, y con la caída de la democracia en casi toda Latinoamérica, el saldo migratorio aumenta.

Para el censo de 1991, la cifra de extranjeros alcanza a 1.023.259 (51.370 menos que en la década anterior), de los cuales 70 por ciento viene de América Latina. La comunidad más numerosa es la colombiana: unas 529 mil personas.

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Esencia lusitana

Se estima que 70 por ciento de los portugueses que llegaron en la época de la postguerra procedía de Madeira y el resto de Aveiro y Coimbra.

Según datos oficiales, en 1950 en Venezuela vivían 10.954 portugueses, que representaban poco más de 8 por ciento del total de la población extranjera. Esta comunidad se dedicó inicialmente a la agricultura.

Después, muchos de ellos se transformaron en comerciantes, especialmente de pan y leche. Hoy se calcula que 72 por ciento de las panaderías en Venezuela está en manos portuguesas. Las industrias de alimentos y restaurantes también tienen impronta de ese país, de allí que 52 por ciento del comercio de alimentos del país es de su propiedad.

Según la Cámara de Restaurantes, cerca de 70 por ciento de sus asociados son lusitanos. El Consulado de ese país registra que la comunidad portuguesa, incluidos naturalizados y descendientes, alcanza las 550 mil personas. De ellos, unos 200 mil viven en Caracas.

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Desde la madre patria

Según archivos de la Oficina Arquidiocesana de Caracas, entre 1951 y 1958 ingresaron al país 200 mil españoles, en su mayoría gallegos y canarios, quienes se insertaron en oficios como agricultura, carpintería, albañilería y trans0porte público. Luego de la primera etapa de adaptación, muchos se convirtieron en pequeños empresarios dedicados al comercio, las finanzas y la industria, sobre todo en la metalúrgica y manufactura.

Datos de la Consejería Regional de Galicia revelan que en el país existen unos 12 mil empresarios de esa provincia española que operan en distintas áreas de la economía. El consulado español registra hoy más de 300 mil ciudadanos, la comunidad más numerosa fuera de España.

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