Sexo y figura hasta la sepultura, Dominique Strauss-Kahn soltó su último piropo: “quel beau cul!” (¡qué bonito culo!).
Sexo y figura hasta la sepultura, Dominique Strauss-Kahn se creyó a salvo sentado en primera clase y mirando bajo la espalda de la azafata de Air France que acababa de recibirlo con una copa de champagne –buen augurio– soltó su último piropo: “quel beau cul!” (¡qué bonito culo!).
Al instante la policía de Nueva York subía al avión para apresarlo, no por haber halagado aquel trasero, sino por estar acusado de degradaciones varias –felación incluida– a una mucama negra de un Sofitel de Manhattan, a la que no intentó seducir con su pinta de abuelito picarón multimillonario, sino saltándole encima, agresivamente desnudo, persiguiéndola entre arañazos, gemidos y golpes, en una suite de 3 mil dólares la noche, que –para colmo– el señor no pagaba. Había arrendado una habitación normal, pero la gerencia del hotel lo subió de categoría, honrada de tener entre sus huéspedes al máximo directivo del Fondo Monetario Internacional. De paso, el FMI había recuperado prestigio bajo la gestión de este abogado y doctor en economía, activo militante del Partido Socialista, que ayudó al rescate de economías maltrechas de Europa y era bien visto por África y Latinoamérica.
E iba por más. Aspiraba a ganar en 2012 la presidencia de Francia, oponiéndose a Nicolás Sarkozy. Era favorito pero frotó mal la lámpara y –en un abrir y cerrar de libido– el genio quedó convertido en un triste anciano sexópata, esposado ante un tribunal y mirando con ojos de vidrio al mundo que lo contemplaba, incrédulo, desde las portadas y pantallas de todos los periódicos, computadores y televisores del planeta.
Para colmo, dos recepcionistas del mismo Sofitel revelaron que DSK les hizo propuestas indecentes; hay una demanda de la periodista Tristane Banon, que denunció, en 2007, que quiso violarla en 2002 durante una entrevista; y abundan affaires como el de la economista húngara del FMI Piroska Nagy o la escritora española Carmen Llera. Mucamas, periodistas, burócratas, recepcionistas, escritoras, justifican el premio Gérard du Queuntad, un galardón satírico por “bien dotado”, que le dieron en París el 10 de mayo. Y que no pasaría de ser un chiste, sin el episodio neoyorquino.
En todo caso, este caballero de 62 años, culto y afable, casado tres veces y padre de cuatro hijos, emblemático representante de la izquierda europea, admirado y mundano, electo por la revista Time como el séptimo hombre más influyente del mundo; sobrado en las finanzas y la política, ha pasado de tenerlo todo, a no tener nada que no sea el prestigio destrozado y la amenaza de pagar años de cárcel por los siete delitos sexuales que enumeró el fiscal. Conserva también, por ahora, el amor de su esposa, la multimillonaria periodista Anne Sinclair, sigue a su lado patria o muerte, pagando los platos rotos y todos los gastos derivados y por derivar del fatal desliz de su marido.
Le queda además una indemnización de 250 mil dólares y una pensión de por vida que, en un acto solo explicable por la pulsión de quitárselo de encima, el FMI le aprobó en pocas horas. ¿Indemnización por qué? ¿Acaso el FMI le hizo algún daño a DSK o habrá sido a la inversa?
Como sea y por sobre la idea –que pocos sostienen sin mucho entusiasmo– de que toda la historia resulte una burda trama para destruirlo, DSK ha dejado de ser poderoso, nunca será candidato a la presidencia de Francia y no sabe si terminará condenado, luciendo el uniforme de preso –él, que se veía elegante con sus trajes de 5 mil dólares– o en una supuesta libertad más que condicional, sin aspirar a otra actividad que no sea escribir sus memorias. Biografía que, posiblemente, no interese si no revela detalles de su profundo secreto, que puede atormentarlo el resto de sus días: de cómo su obsesión por el sexo le hizo perder el poder de un modo tan dramático, reduciendo su imagen cautivadora y donjuanesca, a la de un ser primitivo y sádico, incapaz de hacer el amor como Dios manda.






