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El idioma de la red

La expansión de internet replantea el rol de los traductores en materia de propiedad intelectual

La labor del traductor se inserta hoy en un mundo globalizado signado por la presencia de internet. Paradójicamente, muchas empresas nacionales y transnacionales irrespetan los derechos de autor que los traductores tienen sobre su trabajo, en la mayoría de los casos por desconocimiento de la legislación venezolana. Tal fue la principal conclusión de un foro realizado recientemente en Caracas, convocado por el Colegio Nacional de Traductores e Intérpretes (Conalti) y la Asociación Venezolana de Traductores; contó con la participación como panelistas de Enna Olivar, directora nacional de derechos de autor del Servicio Autónomo de Propiedad Intelectual (Sapi, adscrito al Ministerio de Industria y Comercio), y Antonio Sánchez, coordinador del área de inspección y fiscalización de la misma dirección.

Venezuela, a juicio de Sánchez, se cuenta entre los países más avanzados tanto en materia de propiedad intelectual –que tiene base constitucional– como en la protección de derechos de autor para la cual vale la ley de 1993, la Decisión 351 de la Comunidad Andina de Naciones (Régimen Común sobre el Derecho de Autor y Derechos Conexos de 1994). Venezuela también se ha adherido a convenios internacionales como el de Berna, para la protección de obras literarias y artísticas; el de París, para la protección de la propiedad industrial, y el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (Adpic), de la Organización Mundial de Comercio.

"Desafortunadamente, en Venezuela el sector comercial e industrial no le presta al tema de la propiedad intelectual la importancia debida. Muchas empresas no respetan los derechos de autor de los traductores que le prestan servicios, pues ni siquiera conocen sus propios derechos como compañías", señala Sánchez. De ahí, por ejemplo, que no otorguen créditos a los traductores en sus trabajos, a pesar de que la traducción es considerada una obra de creación de carácter derivado, por lo que el nombre del traductor debería figurar junto al del autor de la obra primigenia.

"El autor originario tiene el derecho exclusivo, tanto moral como patrimonial, sobre la obra, y, por lo tanto, autoriza las versiones, arreglos y transformaciones, así como las traducciones. La traducción es una obra derivada, como establece expresamente el artículo 3 de la Ley de Derechos de Autor", explica el funcionario del Sapi. Los derechos morales son inalienables e inembargables, mientras que los patrimoniales son temporales, transferibles y renunciables e incluyen reproducción de la obra, comunicación pública, distribución de ejemplares, la exportación de copias a cualquier país miembro de la CAN y la traducción.

Aclara Sánchez que si bien cuando existe una relación laboral o contrato de servicio de un traductor con una empresa, ésta es la que posee el derecho de explotación comercial de su trabajo, la traducción genera al menos un derecho patrimonial, que viene a ser la paternidad, reconocido por ley, que las empresas deberían observar otorgándole el crédito al traductor, aunque en algunos casos es preciso que las partes lleguen a acuerdos. Por ejemplo, sería inviable que al final de una cuña publicitaria aparecieran los créditos de quienes intervinieron en su elaboración. En este caso la renuncia a la paternidad proviene de un acuerdo previo basado en el sentido común.

¿Lengua muerta?

Para el escritor y profesor de Idiomas de la Universidad Simón Bolívar, Carlos Leáñez, más que una discusión sobre paternidad intelectual es preocupante el hecho de que los textos en castellano ocupen apenas 2,5 por ciento del ciberespacio después del inglés, francés, alemán y japonés. Sólo están escritos en español cinco de cada 1.000 artículos científicos en las bases de datos internacionales. Cada año surgen entre 4.000 y 10 mil nuevos términos que designan nuevos procesos, productos y fenómenos. Sin embargo, la capacidad de crear neologismos en español no se adapta a tal velocidad, aunque se haga un esfuerzo. El spanglish tiende a imponerse con términos como chatear, accesar, atachar, emepetrear, entre otros.

Para algunos traductores, esta explosión de internet abre nuevos campos de trabajo. Piénsese solamente en la traducción de las páginas web tanto del inglés al español como a la inversa. Incluso hay páginas como Acuarius, donde permanentemente se ofrecen y solicitan traductores. Pero para el profesor Leáñez, la situación es preocupante y se corre el riesgo de llegar, en el siglo xxii, a un mundo en el que por efecto de la globalización se trabajará exclusivamente en inglés.

"¿Podemos navegar por internet en español más de cinco minutos? Me temo que la respuesta es no. Y la consecuencia es gravísima: empezamos a sentir que el español es una lengua de segunda. En ese "inglés internacional" homogeneizado y pasteurizado, que en sí mismo se halla despojado de sus raíces nacionales, aromas y texturas, en ese esperanto de hecho tan difícil de aprender a cabalidad por ser lengua germánica, somos habitantes de segunda sin mayores posibilidades de significativa creación".

Estima Leáñez que la lengua natural hablada y escrita se volverá el instrumento único de la comunicación con los sistemas de información. "Nos veremos frente a una selección de carácter darwiniano entre las lenguas, y sólo sobrevivirán las que alcancen una superioridad cultural sin límites, esto es, las que coloquen la mayor cantidad de información en la red en forma consumible. ¿Podemos dejar esto sólo en manos de Microsoft o IBM? ¿Quién en la hispanidad posee los medios para hacerle frente a este reto?", se pregunta el profesor.

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