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Entrevista a Italo Pizzolante

Ser responsable es buscar la armonía

El presidente de la Alianza Social de Venamcham y director del Instituto de Gobernabilidad Latinoamericano no comulga con los que ven en la RSE una moda pasajera; cree que lo que ha variado son las expectativas sociales, que se han hecho más visibles

Usted habla de la RSE como procesos irreversibles que se están incorporando a la manera de hacer negocios. ¿Dónde exactamente está esa evolución?
—En los últimos años se ha dado un salto cuántico en esta materia. Nos hemos dado cuenta que el proyecto social que no esté inserto en una estrategia de negocios no es sostenible y que debe haber una simetría absoluta entre esa voluntad, a través del programa o el proyecto de la empresa, con la manera como se gerencian las contrataciones colectivas, la conformación de los proveedores —y los procesos que ellos tienen en sus empresas, porque nos haríamos corresponsables de la responsabilidad que ellos tienen sobre el ambiente, sobre su vinculación con la comunidad, sobre su mundo interior en la empresa—. Y estos procesos hoy son los que configuran a una empresa realmente responsable; tú no eres responsable porque tengas un programa de responsabilidad social, tú eres responsable porque los procesos en la manera como toman decisiones son consistentes con esa sensibilidad. Si tú en un proyecto quieres ser más competitivo y en la competitividad pasas por agredir a la comunidad, el ambiente o tus recursos humanos, entonces tu competitividad tienes que revisarla.

¿Ser competitivo hoy es ser una empresa socialista, socialmente sensible y responsable?
—Debemos buscar las etiquetas del momento en que fueron diseñadas. No hay ninguna contradicción entre querer ser competitivo y ser responsable; no hay ninguna contradicción entre querer ser capitalista y sentir que debe haber responsabilidad en la empresa, no hay ninguna contradicción entre un pensamiento socialista y pensar que tiene que haber un poder de mercado. A alguien puede parecerle disonante, porque en su concepto original, esas cosas no venían juntas, entonces hay que revisar otra vez los conceptos, ya que parece que los mismos no calzan con la realidad.

Los modelos de gobernabilidad empresarial en boga parecen tan exigentes con las empresas como lo fueron en su momento las ideas de "good governance", o buena gobernabilidad, que resultaron ser excesivamente estrictos, especialmente para los países del tercer mundo. Porque para tener un buen gobierno no basta una fórmula, para ello hace falta un buen líder o, para el caso, un buen empresario, lo cual no se decreta. Las ideas de good goverment se montaban sobre modelos sociales que no eran consistentes con los nuestros en Latinoamérica. Por eso, cuando tú hablas de filantropía tienes que tener mucho cuidado en qué contexto hablas de ella. No es lo mismo hablar de filantropía en los países anglosajones que en los países latinoamericanos. Cuando tú tienes resueltos, por tu modelo de país, la seguridad social, la educación, por sólo mencionar dos elementos fundamentales, puedes hablar de una filantropía distinta que se vincula con el desarrollo del arte, el desarrollo de la cultura, e inclusive con la siembra del concepto de familia. Pero en un país latinoamericano, la asimetría social es tan dramática, que la pobreza genera una distorsión brutal, donde millones de personas viven con menos de un dólar para vivir al día. Entonces, el concepto de filantropía aquí es para que las personas tengan la oportunidad de comer.

¿Ello indica que no pueden importarse los modelos de responsabilidad social de los países desarrollados?
—Globalizar estrategias de responsabilidad social es no menos que irresponsable, porque desconoce que las realidades sociales cambian dependiendo de los países donde se opera.

¿Qué tanto han penetrado estas ideas en Venezuela?
—Cada vez con más fuerza. Hay algo sustantivo en esta evolución que hay que entender. En los años sesenta y ochenta se distorsiona el mundo de las finanzas y aparece la figura del yupi, es el ejecutivo que piensa que debe sacar más en el menor tiempo posible. En lo financiero como en lo social se juega a la pirámide. Un juego perverso que favorece al de arriba a costa de todos en la base de la pirámide. Este modelo egoísta penetró toda la sociedad. Se nos olvidó algo en el camino, en los procesos de toma de decisiones, que ayudó a generar las grandes asimetrías sociales y los grandes problemas políticos de hoy. Las nuevas manifestaciones políticas no son más que la consecuencia de los desajustes sociales. La expresión política radical de hoy no es sino la consecuencia de una realidad social que dejaste de ver y en la cual no interviniste para cambiar el futuro.

Es como un karma del capitalismo salvaje.
—En la sociedad había una expectativa insatisfecha, lo entendimos como que había que cuidarnos de algo, pero no intervinimos en ella, y como todo mercado, éste resolvió e inventó su producto para satisfacer la demanda insatisfecha.

¿El mercado lo explica todo?
—Esto no es una visión capitalista, es una visión de sentido común; si alguien no me resuelve lo que estoy pidiendo, yo me lo voy a resolver por mí mismo. De algún modo cambió el concepto de propiedad. Porque yo podía producir desde mi planta, podía ser el dueño de mi hacienda, pero cuando salían mis camiones por la carretera en búsqueda del mercado me topaba con una vía cerrada por una comunidad que protestaba. Entonces, ¿dueño de qué? Soy dueño de todo, pero mi producto no llega al mercado, el concepto de propiedad cambió y esto no es una visión ni de izquierda ni de derecha, el concepto cambia porque no había visto que mi licencia para operar depende del respeto social.

¿Cree que esa es una lección aprendida?
—De crisis en crisis fuimos aprendiendo. Lo bueno de esa historia es que la curva de aprendizaje de hoy se hace gracias a mejores prácticas. Gracias al trabajo de que los nuevos medios para comunicar y crear referencias ha hecho que la gente diga: "No quiero cometer la misma equivocación". Hoy, a partir de un esfuerzo que nace formalmente de la ONU, con el Pacto Global, vamos un poco más allá, nos damos cuenta de que los derechos humanos son una parte inherente a ser responsables.

Lo que plantea este pacto es que la empresa debe convertirse en activista de derechos humanos.
—Los derechos humanos son el foco, el epicentro de todo actuar de la empresa. Pero tenemos que tener cuidado, porque la percepción del concepto de derechos humanos está más ligada a los abusos de la cárcel o a los abusos represivos policiales, pero no están ligados al trato equitativo, tolerante, incluyente, respetuoso. Es la diferencia que tiene que ver todo individuo que forma parte de una organización.

Derechos humanos equivale a reconocer las diferencias.
—Y a respetarlas. Esto se logra al desarrollar un nivel de sensibilidad mayor, por todas estas señales que el entorno envía, y con la consciencia creciente sobre la forma como tomas las decisiones de la empresa. Los indicadores de una empresa responsable hoy incorporan variables que antes no existían en el mapa ni de los empresarios ni de los emprendedores sociales. Hoy esto está incorporado en los estándares de gobernabilidad de la empresa, que obligan a preguntarse cómo tomas las decisiones en tu junta directiva; cómo cuidas el derecho a las minorías accionarias; cómo desarrollas los contratos colectivos de la empresa; cómo el área de operaciones se vincula con los temas ambientales.

Los venezolanos no son muy dados a evaluarse objetivamente. Si la RSE es un estado de conciencia, ¿que tan conciente está el sector empresarial de nuestra realidad?
—No hemos ido a la misma velocidad para generar la percepción en otros de que ha existido esa consciencia. No hemos ido a la misma velocidad en nuestra capacidad para comunicar esas cosas que están sucediendo.

—¿Se trata de un problema de incomunicación?
—Tampoco hemos entendido el rol protagónico de la comunicación en los procesos de empresas responsables. Tenemos una serie de complejos que van desde lo religioso, de no decir lo que yo estoy haciendo porque "¿para qué lo voy a decir?" Hasta lo oportunista: aprovechar cualquier obligación legal que yo tengo con la empresa de contribuir con la seguridad, por ejemplo, darle guantes a mis trabajadores, y creer que eso es ser socialmente responsable.

¿La gente pide que las empresas participen en su desarrollo o espera que sea el Estado, el gobierno el que resuelva todo?
—En todas las investigaciones de las empresas públicas y algunas privadas que he podido hacer, la calle dice: "Quiero conocer lo que la empresa está haciendo por la comunidad". Hay una realidad social que no está tan enrollada, como lo está la comunidad empresarial en términos de hablar de responsabilidad. La comunidad está abierta y no siente complejo porque la empresa esté asumiendo este rol.

¿No hay el riesgo de que la empresa caiga en una forma de populismo?
—Debemos tener mucho cuidado en cuál es el rol de la empresa; dónde termina y dónde comienza el rol del gobierno. En la práctica podemos estar cayendo en populismo corporativo. No puedo utilizar en la empresa las mismas herramientas populistas y electorales que cuestiono en el mundo de la política. Hay empresas paradigmáticas en el país que están demostrando modelos distintos de acción, una de ellas claramente es Polar, otra es Cemex. Ha llegado el momento de la competencia para todo aquello que vaya hacia el desarrollo social, desarrollo económico o desarrollo ambiental.

¿Hay algún parámetro que obliga al empresario a actuar así?
—Es una mezcla de los códigos de valores, las normas y los principios del empresario con la consciencia de que el modelo, tal y como ha sido concebido originalmente, no es sustentable en una sociedad mucho más consciente; una sociedad mucho más dispuesta a asumir el liderazgo que tiene que asumir para defender los que cree que son sus derechos.

¿Ser responsable es dar entonces a la comunidad todo lo que pide porque sino te trancan la calle?
—Es evitar llegar allí. Ser responsable es buscar un punto donde yo armonizo. Hoy más que nunca, las habilidades de negociación son las que va a reclamar la empresa ¿Por qué? Porque cada vez más las posiciones son tan polarizadas, que las habilidades del empresario deben ser más profesionales. Y para negociar se requiere mucha humildad, y muchas veces nos sobra arrogancia y nos falta humildad para actuar.

Ese cambio que se da en las empresas es un proceso en marcha; ¿cómo armoniza con el proceso político actual?
—Es muy simple, vamos a generar sociedades más responsables en la elección de sus líderes. Vamos a dejar en el mercado electoral a personas más conscientes del rol de la empresa; vamos a conformar una sociedad más tolerante. El desafío del empresario exitoso no está en adaptarse a las nuevas realidades, está en aceptar el desafío de que él debe modelar con sus actuaciones. Las empresas no pueden plantearse su futuro a partir de la sobrevivencia, sino a partir de la vivencia, es decir, no es sobrevivir, es vivir.

Suena a utopía liberal.
—No. Fíjate un ejemplo real: cuando el señor Eugenio Mendoza construyó y generó un polo de desarrollo, se dio cuenta que para llegar a la mina de Pertigalete, por donde salían sus barcos, se pasaba por una comunidad llamada Chorrerón. Y esa comunidad pobre de Chorrerón veía cómo pasaban cada vez carros mejores por el frente de su casa. Mendoza no necesitó ir a Harvard para ver que era insostenible su negocio si pasaba eso. El decidió compensar esa visión tradicional a esa comunidad haciéndole la calle, por lo menos para que el carro bonito no afectara a su comunidad. él decidió, en vez de compensar, armonizar. Ofreció cursos a mujeres del pueblo, muchas de ellas esposas de los trabajadores que probablemente vivían ahí, y empezó a generar bienestar. Es posible esta utopía.

Roger Santodomingo

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